Complejidad y Caos: Mas alla de una ideología de orden y del desorden

En M. Montero, coord., Conocimiento, realidad e ideología. Caracas: Avepso, 1994. 

COMPLEJIDAD Y CAOS: MAS ALLA DE UNA IDEOLOGIA 

DEL ORDEN Y DEL DESORDEN 

Frederic Munné 

Universidad de Barcelona 

UNA SITUACION NUEVA 

La irrupción de la complejidad en la teorización científica conmueve la epistemología de la ciencia. Sin embargo, en cierto modo, tal irrupción no constituye una novedad. Al menos desde Dilthey y más o menos explícitamente, la reivindicación de una especificidad de las ciencias humanas, como la historia y la sociología, frente a las ciencias de la naturaleza, se ha venido basando en la complejidad. Lo que sí es novedad es el hecho de que ahora la complejidad es reclamada desde éstas últimas ciencias. (En otro aspecto, éstas siguen a aquéllas: la especificidad de las ciencias humanas también se basa en la coincidencia entre el objeto a conocer y el sujeto conocedor. Y a partir de la mecánica cuántica, entre observador y observado, o lo que es lo mismo el conocedor y el conocido, han dejado de ser entidades separables.)

La sensibilidad hacia lo complejo tampoco es una novedad. La teoría general de sistemas, desde sus inicios, se mostró preocupada por ella. La teoría de la organización hace tiempo que habla de organizaciones complejas. La ciencia económica se está interesando por las que califica de economías complejas. Lo relativamente nuevo es el tratamiento de la realidad como algo que siempre y en todos sus aspectos es complejo. Esto es lo que viene reconocerse al proclamar una ciencia de la complejidad, como un campo científico cuyo objeto está constituído menos por la realidad que por la complejidad de la realidad.

Antes de continuar, es preciso advertir que hay dos graves peligros, por parte de las ciencias sociales, en la asunción de esa ciencia de la complejidad y más exactamente de las nuevas teorías que de un modo explícito o implícito coadyuvan a su construcción. Uno proviene de percibirlas como un paso más hacia la matematización del conocimiento científico. Otro es el de verlas como un factor de desideologización del mismo conocimiento. En este papel intento aclarar algunos aspectos de esta última cuestión.

LA REVISION DEL CONCEPTO DE COMPLEJIDAD 

¿ Qué es la complejidad ? ¿ Cuál es su contenido ? Hasta hoy, las respuestas a estas cuestiones han sido confusas.

La lógica estoica introdujo el término complexum para designar cualquier proposición compuesta por más de una sentencia. Después la filosofía ha venido entendiendo la complejidad de un modo similar, esto es cuantitativo. Un diccionario técnico, considerado como autoridad, define el término “complejo”, en su acepción principal o primera, como algo “que comprende muchos elementos y en general un gran número de elementos” (Lalande, 1962).

Pero esta acepción confunde lo que es complejo con lo que es complicado. El pensamiento científico actual se aparta de aquella concepción cuantitativa y adopta un punto de vista cualitativo, en el que lo decisivo no es el número de elementos o partes de un conjunto, sino más bien las relaciones entre los aspectos del mismo.

Desde esta perspectiva cualitativa, se dibujan tres modos de aproximarse al tema: La aproximación especulativa, propia de la nueva filosofía de la ciencia; la aproximación

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empírica, resultante de las recientes investigaciones científicas sobre el caos; y una tercera aproximación, que participa de ambos aspectos.

La primera de estas aproximaciones, trata la complejidad como un concepto a priori, al que se llega básicamente a través de la reflexión sobre unos datos. La aportación de Morin responde, en gran medida, a ella. En la segunda aproximación, la complejidad es un concepto aposteriorístico, resultante de la teorización de los datos mismos. Son representativas de ella, los estudios de los actuales científicos que se ocupan del caos. Por lo que se refiere a la posición intermedia, hay que mencionar los trabajos de Prigogine.

Edgar Morin, gran pensador de nuestro tiempo, se ha ocupado con suma extensión y detenimiento de ciertos problemas epistemológicos de la complejidad. Sus reflexiones son muy estimulantes, pero su lenguaje entre sistemático y selvático, unas veces directo y preciso y otras metafórico y sobrecargado de neologismos, deja la impresión de que se asiste a una discusión de ideas más que de realidades. En su monumental obra sobre el método (1977 ss.), en la que casi de paso tiene en cuenta a Ilya Prigogine, René Thom o Lofti Zadeh, e ignora no sólo a Benoit Mandelbrot sino también toda la aportación del caos, incluso la de su paisano David Ruelle, se refiere a la naturaleza de la naturaleza, a la vida de la vida y al conocimiento del conocimiento, sin advertir que en realidad todo su discurso versa sobre el método del método.

El premio Nobel de Química, Ilya Prigogine, se ha aproximado a la complejidad a través de lo que llama estado alejado del equilibrio y del fenómeno de la autoorganización.

Su aportación da lugar, en gran parte, a lo que ha empezado a llamarse el “paradigma de la complejidad”. El interés de esa aportación está, entre otras cosas, en su carácter expresamente epistemológico y a un nivel más específico en el énfasis que pone en las propiedades diferenciales de los sistemas según su grado de equilibrio. Así, con base en numerosos datos empíricos, discrimina entre los sistemas en equilibrio, cerca del equilibrio y lejos del equilibrio. La complejidad referida al caos corresponde a este último estado.

Entre las propiedades que presenta un sistema alejado del equilibrio está el poder autoorganizarse. (El concepto de autoorganización viene por lo menos de comienzos de los sesenta, en que von Foerster investiga los sistemas autoorganizativos: von Foerster y Zopf, 1962). Para su demostración, Prigogine acude a diverso material experimental, ya conocido pero que reinterpreta desde el contexto teórico de su posición, como la reacción química BZ o las corrientes de convección de Bénard que como aquélla es un fenómeno autogenerativo.

Las investigaciones de Prigogine (recogidas en Prigogine y Stengers, 1986) no se quedan en la realidad física. El mismo las extrapola a la realidad social humana; por ejemplo, al reinterpretar la polémica clásica entre Tarde y Durkheim, sobre la naturaleza del sistema societal (ver Prigogine y Stengers, 1978, 107-117). Esta sugestiva perspectiva, no explotada todavía, abre un nuevo modo de entender la vida social, porque ésta pasa a poder ser vista como un sistema capaz de funcionar alejado del equilibrio.

Del fenómeno autoorganizativo no se ha ocupado únicamente Prigogine. Otra aportación relevante al mismo se debe a Hermann Haken. Sus investigaciones muestran que un elemento que parece estar muy relacionado con la autoorganización es la cooperación. La teoría sinergética de este autor (1984) se ocupa de la emergencia de la cooperación a partir del caos autoorganizador. Es una teoría que goza de confirmación experimental en el plano del comportamiento social animal, concretamente en la construcción de hormigueros.

Los procesos autoorganizativos interesan a ámbitos cada vez más amplios. En las ciencias sociales, por ejemplo en la economía, esos procesos han empezado a estudiarse de manera aplicada (Demouchel y Dupuy, 1983; Barnett, Geweke y Shell, 1989). Igualmente puede decirse de la psicología y la sociología organizacionales (Zimmerman, 1991), en las que el tiempo va dando la razón a los planteamientos pioneros de Valera, Maturana y Uribe (1974) sobre lo que llamaron autopoiesis. Sería interesante releer los trabajos venezolanos de psicología comunitaria sobre autoconstrucción de viviendas (M. Montero, E. Sánchez, E. Wiesenthal, entre otros) desde esa perspectiva.

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Antes, me he referido a la aproximación empírica al tema de la complejidad. Hoy empezamos a disponer de un considerable conjunto de teorías sobre el mundo físico que tienen el común denominador de considerar que la realidad de que se ha venido ocupando la ciencia es un reflejo muy simple de la realidad tal cual se da. En consecuencia, tratan de aprehenderla en su complejidad.

Como estas teorías y su aplicación al campo social las expongo en otro trabajo de próxima publicación (ver Munné, en prensa b) omito aquí extenderme al respecto. Sólo diré aquí que al considerar en su conjunto esas teorías, se llega a una visión inédita de la complejidad. Esta aparece como la cualidad de todo cuanto es real. Y no es una abstracción sino que puede tratarse con una concreción impensable hace bien pocos años. En este sentido, en el trabajo mencionado, muestro que de los recientes estudios científicos sobre la complejidad resulta que ésta se manifiesta a través de, al menos, cuatro características, que pueden ser consideradas como propiedades fundamentales de la realidad. Son la borrosidad, el catastrofismo, la fractalidad y la caoticidad.

COMPLEJIDAD E IDEOLOGIA 

El enfoque totalmente empírico y operativo con que la complejidad es tratada en la ciencia actual podría hacer creer que se está ante un fenómeno provisto de neutralidad axiológica. A favor de esta interpretación está el hecho de que dicho enfoque facilita la formalización científica, lo que secundariza los contenidos y resalta los aspectos instrumentales. Pero esta interpretación traiciona el sentido propio del fenómeno. Hay una fuerte interrelación entre la complejidad y la ideología.

La complejidad de la realidad afecta al conocimiento de la misma y por lo tanto al conocimiento científico. Así, no solamente hay que hablar de una ciencia de la complejidad sino también de la complejidad de la ciencia. Y esto significa que, en tanto ésta es un producto del conocimiento humano, le es ineludible una dimensión axiológica. Las nuevas epistemologías, surgidas en la búsqueda de la complejidad, llevan, pues, una carga ideológica.

No sólo la complejidad incluye lo ideológico sino que ella misma es una elaboración ideológica, aunque formal y por ello aplicable a cualquier ideología. Esto significa que: 1) la complejidad no implica necesariamente una determinada ideología, lo cual reduciría aquélla. Por lo mismo que no es reducible a una teoría, como se muestra en el pluralismo teórico (Munné, 1933b). 2) No cabe una ideología que se desprenda de aspectos borrosos, catastróficos, fractales y caóticos. 3) Una ideología que sólo se base en uno de estos aspectos o partes del mismo es parcialmente compleja, esto es, reductora.

Esto se pone de manifiesto en ciertas interpretaciones anarquizantes de Prigogine, que sólo atienden al énfasis que éste pone en la autoorganización dentro de su “paradigma” de la complejidad. Como se ha podido ver, la complejidad significa otras propiedades de la realidad. Por consiguiente, tal interpretación supone un reduccionismo contradictorio con el propio paradigma prigogineano.

Las implicaciones ideológicas de la complejidad vienen dadas por su contenido. En lo que sigue, vamos a ver algunos aspectos de la caoticidad, concretamente de la dialéctica entre el orden y el caos.

Esta dialéctica se da en un doble sentido: De una parte, el orden es una fuente productora de caos, como en el caso de una simple batidora en el que una causa de carácter regular genera un efecto turbulento, o en el caso de un excesivo orden social que provoca la transformación del sistema. De otra parte y en sentido inverso, el caos es la fuente del orden, gracias a la intervención en el proceso, de lo que se conoce como un “atractor extraño”, por ejemplo en los torbellinos que se van formando en el impetuoso caudal de un río o en los procesos de creatividad.

Para entender la dialéctica del orden y el caos es preciso entrar en la cuestión del desorden. Las teorías de la complejidad, en particular las teorías del caos, parecen emplear este último término de un modo equívoco.

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DEL CAOS COMO DESORDEN … 

Según la ciencia clásica, explica Morin (1977), el orden y el desorden se oponen, niegan y evitan, formando “una pareja imposible”. Y esto tanto en la termodinámica, la cual a través del segundo principio formuló una transición unívoca de carácter probabilístico desde el orden (como organización) hacia el desorden, como en el evolucionismo biológico y el progresismo social, los cuales orientaron inversamente la relación al entender que del desorden se pasa al orden (asimismo, como organización).

Intentado superar ambas interpretaciones, Morin propone lo que llama el “bucle tetralógico”, donde diferencia el orden y la organización. (Por organización entiende una disposición de las relaciones de las partes componentes del todo, que produce la unidad o sistema del mismo). Ambos, orden y organización, junto con el desorden quedan interrelacionados a través de la interacción. En este bucle, el desorden se relaciona con el orden de un modo a la vez complementario, concurrente y antagonista. En cuanto a la relación entre el desorden y la organización se entiende que ésta no elimina a aquél, sino que lo contiene de un modo virtualizado y lo puede actualizar y transformar.

Morin es consciente de la importancia fundamental que tiene la relación entre el orden y el desorden hasta el punto de que no vacila en afirmar de una forma tajante que este problema “es de nivel radical o paradigmático: la definición de una relación tal controla todas las teorías, todos los discursos, toda praxis y por supuesto toda política” (1993, 94). Pero al destacar el carácter de control total de la relación mencionada, Morin olvida que la dicotomía aludida no agota la realidad.

En efecto, los últimos avances científicos en el conocimiento del caos evidencian que esta cuestión no se puede plantear únicamente en estos términos. Aunque Morin enfoca la cuestión desde la complejidad, olvida el caos, que relega a unos inicios enigmáticos del cosmos, y su relación con el orden.

El caos suele evocar la idea de desorden, y a menudo ambos conceptos suelen emplearse como sinónimos. Esto sucede tanto con la idea vulgar del fenómeno como en la ciencia física, en la cual, a partir de la termodinámica, el caos evoca un fenómeno de desorden absoluto y así ha sido visto y tratado mediante el concepto de entropía, un concepto que ha hecho posible medir el fenómeno. Se encuentra en el concepto de caos activo de Prigogine. E incluso en las nuevas teorías persiste una acusada tendencia a este uso del término, como puede comprobarse fácilmente al leer los trabajos de sus autores más conocidos.

En la ciencia social ocurre algo similar: el antropólogo y sociólogo Georges Balandier (1988) ha visto un paralelismo entre la búsqueda del caos de los científicos contemporáneos y el vocabulario posmodernista, particularmente con el concepto de desconstrucción. Se puede estar de acuerdo en que la noción del caos es armónica con las ideas del pensamiento autocalificado de posmoderno, pero no es aceptable el empleo que de ello hace Balandier, porque entiende la desconstrucción como desorden y destrucción, lo cual ha sido explícitamente rechazado por Derrida, introductor de este término (cfr. Derrida, 1989).

Ahora bien, considerar el caos como desorden implica lógicamente también la existencia de un orden, que asimismo ha de ser absoluto. Y referido esto a las sociedades humanas, es una evidencia que en éstas ni se da el desorden total ni un orden perfecto. Este último es justamente la eterna aspiración de la literatura utópica, y no hay que olvidar que cuando las utopías se han intentado llevar a la realidad (y para esto están: no para llevarlas a la realidad, sino para intentarlo), como en el caso de New Harmony inspirada en las ideas de Owen, no han pasado del fracaso. Y si en vez del orden social nos referimos al orden mental, hay que hacer una reflexión similar. Bergeret (1991), desde la psiquiatría, advierte que ninguna personalidad está formada absolutamente en orden o absolutamente en desorden, pues el orden mental corresponde a una buena adaptabilidad a las condiciones que en cada momento corresponden a las realidades interiores y exteriores del sujeto.

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Orden y desorden, absolutivizados, no son conceptos opuestos, sino antagónicos y por lo tanto no sintetizables dialécticamente.

…AL CAOS COMO EL “OTRO” ORDEN 

El caos del que se ocupa la ciencia actual, la cual lo califica de determinista, no es una idea imaginaria como lo fue en el pensamiento mitológico ni especulativa como en la filosofía presocrática. Constituye un fenómeno real, sometido a ciertas regularidades que hacen comprensible la afirmación de Haken y Wunderlin (1990) de que los estudios sobre el caos han pasado a proporcionar un instrumento de diagnóstico, que sirve para la caracterización de sistemas complejos. Es más, disponemos de trabajos en los que el caos constituye un enfoque orientador en la intervención (Munné, 1993a). Si el caos fuera mero desorden, esto no tendría sentido.

En el fondo, ideológicamente, entender el caos como un desorden es considerarlo en función del orden. Esto representa un punto de vista “copernicano” de la realidad, en el sentido de que se define el caos desde el orden de lo establecido, lo que no significa de la realidad cotidiana. Y esto es profundamente reductor de la complejidad.

Pero ¿ es que el caso puede ser otra cosa que desorden ? El matemático y escritor venezolano José Ramón Ortiz (1990), agudamente ha escrito que el caos, que aparece en la base de toda ordenación del mundo, no debe ser confundido con el desorden, porque éste sólo puede concebirse a partir de un orden y el caos es un estado anterior a toda idea tanto de orden como de desorden.

En realidad, el caos como desorden responde a una ideología según la cual desde el orden se “establece” el no orden como desorden.

Para aclarar las diferencias entre el desorden y el no orden, pondría el siguiente ejemplo relativo a los conceptos de no organización y desorganización (ver Munné, 1972): En los grupos, el comportamiento está organizado a través de pautas, roles, estatus, etc.; en cambio, los fenómenos meramente colectivos o masivos como la gente que anda por la calle, carecen de organización comportamental, pero esta no organización no debe ser confundida con la desorganización. Debería ser una obviedad señalar que la desorganización únicamente puede darse en un fenómeno que debiendo estar organizado no lo está; por ejemplo, una empresa. De manera similar, una cosa es el orden, otra la falta de orden o si se quiere el no orden, y una tercera muy diferente, el desorden. (Y aún se podría añadir un cuarto término: el azar, que interviene en los procesos de carácter errático, como en los conocidos movimientos brownianos, y no se define según las coordenadas anteriores.)

Entender el caos como ausencia de orden significa, en términos dialécticos, que el caos no es lo antagónico del orden (que corresponde al desorden) sino la negación del orden, lo que coincide con la idea primigenia griega de lo indiferenciado y amorfo. Posiblemente, esta idea se inspira en la mitología anterior.

En efecto, en la Antigüedad, el caos no sólo no fue visto como un desorden destructor de lo existente, sino que era la fuente generadora del orden. El Egipto faraónico hizo desempeñar este rol al padre de los dioses, Nut o Nun; la mitología babilónica, a Apsu y Tiamat, que surgen de un magma primitivo; y algo parecido ocurre en el pensamiento chino, con el Yin y el Yang (Parain, 1971).

Por su parte, en la filosofía presocrática griega encontramos dos términos referidos a la cuestión: el término apeiron, empleado por Anaximandro, para designar lo indeterminado e infinito como origen de todas las cosas, y el término caos, con el que Anaxágoras se refería a la mezcla primitiva donde todas las cosas están en germen y que hace posible que el nous, como principio del orden, las haga realidad (Cavendish, 1964). En definitiva, en la visión que el pensamiento antiguo tuvo del caos, éste tampoco se confundía con el desorden sino que respondía a una idea muy diferente: la fuente y por lo tanto el germen y la condición, del orden.

Algunos trabajos contemporáneos se aproximan a esta visión. Según Balandier (1988), en Durkheim hay una correspondencia entre los conceptos de anomia y de caos, entendido

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éste como la ausencia de orden. Sin embargo, no hemos de olvidar que el sociólogo francés confiere a ese orden un significado negativo al considerarlo desde el orden socialmente establecido. Otro ejemplo se encuentra en los discutidos “experimentos” etnometodológicos de Garfinkel, con los que éste intenta deshacer (desconstruir, aquí sí, podría decirse) el orden más que crear un desorden. (Piénsese que para deshacer un camino andado no es necesario destruirlo.) En fin, otro dato ilustrativo que no estará de más observar, es que Prigogine no habla de desequilibrio sino de lejos del equilibrio para referirse al estado caótico.

Claro que entender el caos como el no orden, como implícitamente hacen algunos trabajos científicos sobre el tema, es considerarlo también desde el orden. Pero esto es tanto como referirse al orden como ausencia de caos, lo cual abre la posibilidad de llegar a una aprehensión de la idea del caos desde si misma y no por una definitio per negatio, para emplear una expresión de la lógica clásica.

Un primer paso en este sentido es advertir que si el caos es definible a partir del orden, también el orden ha de ser definible desde el caos. Esta idea la he encontrado latente y de un modo casual en un libro de arte donde se habla del orden como caos en reposo. Caballero Bonald (1989) ha dedicado una magnífica monografía al colombiano Fernando Botero, ese Rubens de nuestro siglo en el que la gordura es volumen. No es extraño que el pintor se haya hecho también escultor de unas formas que tuve ocasión de contemplar y de comprobar que en nada desdecían a la finura del contexto, cuando expuso en verano de 1992 en los jardínes exteriores del casino de Montecarlo. Pude también comprobar que como ha escrito el crítico mencionado “todas las obcecadas, utópicas desproporciones que definen la obra de Botero, vienen a ser como variantes sensoriales, hipótesis imaginativas de ese caos en reposo que para entendernos llamamos orden “. Obviamente, no debe confundirse este caos en reposo, con el caos inerte de la termodinámica.

El segundo paso se da al entender, consecuentemente y ya desde el punto de vista del caos, a éste como un “orden” en actividad, o dicho con otras palabras, un fenómeno creador, del que emerge el orden. Es en este sentido que las teorías del caos pueden calificar a este fenómeno de determinista, pues ponen de manifiesto no sólo los procesos que intervienen en él sino también los paramétros que los configuran.

Ahora bien, si el caos genera orden, es porque consiste en “otro” orden: un “orden” distinto, por opuesto, a lo que consideramos como orden. Quizás pueda esclarecer la cuestión observar que el orden supone control, por lo que el no orden del caos es la falta de control, pero no el descontrol de lo que se considera orden, lo cual sería seguir intentando controlar sin éxito aquel orden y no habría autoorganización.

Como determinista y autoorganizador, el caos parece ser otro modo de “control”. Los datos empíricos aportados a la luz de las teorías actuales sobre la complejidad van en este sentido.

Lo expuesto conduce a la siguiente conclusión: El desorden tiene siempre como referencia (ideológica) un orden, un orden determinado. Sólo cuando se le quita esta referencia a un orden, es decir solamente cuando se supera la dicotomía orden-desorden, el desorden puede ser concebido como un no orden, es decir, como caos capaz de generar un nuevo orden (y una nueva ideología).

Esto apunta a la necesidad de revisar conceptos tan fundamentales como los de orden social, organización social, sistema social y en general todos los que se refieren al comportamiento social y sus productos.

Por poner un caso: Se apunta en todo ello una nueva visión de la normalidad, pues desde la complejidad, la ausencia de orden, dada por el caos, ya no resulta un fenómeno patológico sino un aspecto constitutivo de la realidad. La complejidad explicita, entonces, un orden radicalmente diferente a aquél en el que habitualmente tendemos a movernos por haber sido socializados en él, un orden en el que la incertidumbre (llámese inestabilidad, espontaneidad o libertad) domina a la exactitud y la certeza.

Sin incertidumbre no sería factible la complejidad. Del mismo modo que sólo en el silencio y la pausa son posibles, esto es, emergen y tienen sentido la voz y la palabra.

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Referencias 

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