Tendencias Epistemológicas en Psicologia

Dr. Enerio Rodríguez Arias

Universidad Autónoma de Santo Domingo

erodriguez27@uasd.edu.do

RESUMEN

Partiendo de los conceptos básicos de la epistemología filosófica tradicional, se analiza la primera tendencia epistemológica en la psicología en el marco de la formulación de Rogers sobre los modos de conocer: objetivo, subjetivo e interpersonal. En segundo lugar, se alude a la existencia de una concepción alternativa u otra tendencia epistemológica en psicología, pero más bien empírica, que intenta excluirla del campo de la filosofía e incluirla en el ámbito de la ciencia, mostrada a través de la propuesta formulada por Skinner en su ensayo sobre el conductismo. En ese sentido, se instiga a la reflexión de la posibilidad de que sea la ciencia y no la filosofía “la que diga la última palabra sobre la verdad”. Finalmente, se plantea la controversia acerca de la continuidad versus ruptura entre el sentido común y la ciencia en psicología, a partir de dos posiciones antagónicas, la de Eysenck y la de Allport.

 

El término “epistemología” fue empleado por primera vez por Ferrier en 1854 y popularizado por Zeller a partir de 1862. Sin embargo, el contenido de la disciplina se remonta a la filosofa de Platón. “Episteme” es el nombre griego de “conocimiento”; los griegos distinguían la “episteme” de la “doxa”, palabra que usaban para referirse a la opinión. El diálogo de Platón titulado “Teeteto” está dedicado a demostrar que la percepción y la opinión no son conocimiento, y el diálogo entre Sócrates, Teodoro y Teeteto termina sin definir el conocimiento.

El lugar, el papel y la importancia de la epistemología dentro de la filosofía han variado a través de los siglos. Por ejemplo, mientras para Aristóteles la epistemología estaría completamente separada de la metafísica, para Kant la metafísica es epistemología. En general, ontología y epistemología constituyen las dos principales ramas de la filosofía, y la prioridad relativa de una u otra ha sido defendida por diferentes filósofos. En la actualidad, la epistemología es uno de los tres componentes de la filosofía de la ciencia, siendo los restantes, la metodología y la metateoría.

 

El propósito del presente trabajo es ofrecer una descripción de la forma en que las dos principales concepciones de la epistemología se han reflejado dentro de la psicología. Para ello, en primer lugar, se presentará una visión panorámica de lo que se ha llamado la epistemología tradicional o clásica. Descartes comienza su investigación epistemológica en las Meditaciones con la siguiente pregunta: ¿Cuáles proposiciones son dignas de creencia? En la primera meditación, descubre que muchas creencias que hasta entonces había aceptado como verdaderas debían ser rechazadas, que él no tenía por qué aceptarlas como verdaderas. Antes de determinar si podemos decir que conocemos algo, es necesario identificar los criterios que regulan la aceptación y el rechazo de creencias. Identificar los criterios de conocimiento y luego determinar cuándo podemos decir que conocemos, constituyen la agenda epistemológica de Descartes y esa ha sido la agenda de la epistemología occidental hasta el día de hoy. 

Las tareas centrales de la epistemología desde Descartes hasta el presente se resumen en dos: identificar criterios de creencias justificadas y responder al desafío escéptico a la posibilidad de tener conocimiento. No debe sorprendernos el hecho de que la epistemología moderna haya estado dominada por un sólo concepto, el de justificación, y por dos preguntas fundamentales que lo involucran, a saber, qué condiciones debe cumplir una creencia para que se justifique nuestra aceptación de que la misma es verdadera, y cuáles creencias estamos justificados para aceptar como verdaderas. Un requisito implícito de las mencionadas condiciones es que deben ser formuladas sin el uso de términos epistémicos (por ejemplo, “evidencia adecuada”, “suficiente base”, “buena razón”, “fuera de toda duda razonable”, etc.). Es crucial que los criterios de creencia justificada estén formulados únicamente en términos descriptivos, sin el uso de términos evaluativos o normativos. Además del riesgo de circularidad que amenaza al uso de términos epistémicos en la formulación de criterios de creencia justificada, está el hecho de que estos términos epistémicos son en sí mismos esencialmente normativos. Lo que sí queda claro en todo esto es que el concepto de justificación ha llegado a ocupar un lugar central en las reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento; es la justificación lo que hace normativo el concepto de conocimiento. Si una creencia es justificada para nosotros, es razonable que la aceptemos, y sería epistémicamente irresponsable aceptar creencias que la contradigan. Es por tanto, tarea de la epistemología identificar y analizar las condiciones bajo las cuales creencias y otras actitudes proposicionales estén justificadas desde el punto de vista epistemológico.

Veamos cuál fue la respuesta clásica al problema epistemológico propuesto por Descartes. El enfoque cartesiano al problema de la justificación tomó la forma de lo que ahora se conoce como “fundamentalismo”. La estrategia fundamentalista consiste en dividir la tarea de explicar la justificación en dos etapas: primero, identificar un conjunto de creencias que estén directamente justificadas en el sentido de que no deriven su justificación de la ninguna otra creencia, y luego explicar cómo otras creencias pueden ser indirecta o inferencialmente justificadas a partir de las primeras. Las creencias directamente justificadas o “creencias fundamentales” constituyen el fundamento sobre el que habrá de descansar la superestructura de creencias derivadas o no fundamentales. De acuerdo con Descartes, ¿cuáles creencias están directamente justificadas? Las creencias sobre nuestros estados conscientes presentes. ¿En qué consiste su justificación? ¿Qué hay en estas creencias que las hace directamente justificadas? La respuesta cartesiana es que ellas están justificadas porque son indubitables; es tal su indubitabilidad que una mente atenta y reflexiva no puede dejar de aceptarlas. ¿Cómo se justifican las creencias no fundamentales? Según Descartes, por deducción, es decir, por una serie de pasos inferenciales, cada uno de los cuales es indubitable. Si tomamos la indubitabilidad cartesiana como un concepto psicológico, tenemos que convenir en que la teoría epistemológica de Descartes cumple con el requisito de proveer criterios de creencias justificadas de carácter descriptivo, no epistémico.

El programa fundamentalista de Descartes fue heredado en sus rasgos esenciales, por los empiristas. En particular, su mentalismo, la idea de que los estados mentales actuales de cada persona son epistemológicamente fundamentales, permaneció esencialmente inalterada entre los empiristas. El empirismo lógico, a través de uno de sus más representativos exponentes, Rudolf Carnap (1967) aceptó como meta de la epistemología la formulación de un método para la justificación de conocimientos. Según Carnap, la epistemología debe especificar cómo un fragmento ostensible de conocimiento puede ser justificado, es decir, cómo se puede justificar que es auténtico conocimiento. Semejante justificación no es absoluta sino relativa, pues el contenido de un conocimiento es justificado relacionándolo con los contenidos de otros conocimientos que se presumen verdaderos. En este sentido, un contenido es reducido a otro, lo cual Carnap designa con el nombre de “derivación epistemológica”. Fue a través de este proceso que Carnap, utilizando el aparato lógico de Principia Mathematica, logró definir los términos teóricos reduciéndolos a términos que se refieren a características fenoménicas de la experiencia sensorial. 

He seleccionado el punto de vista de Carl Rogers (1964) sobre el proceso de conocer como una expresión representativa dentro de la psicología de la concepción tradicional o clásica de la epistemología. Cabe señalar que Rogers no tiene ningún parentesco filosófico con el empirismo lógico, y que ha sido seleccionado porque distingue entre diferentes formas de conocimiento con base en el modo de su justificación. En este sentido, Rogers distingue entre lo que él llama conocer subjetivo, conocer objetivo y conocer interpersonal o fenomenológico. El conocer subjetivo ocurre cuando recurrimos al flujo de nuestra experiencia para comprobar alguna hipótesis, bien sea, sobre nuestras emociones, sentimientos y algunos sucesos externos. Rogers considera que como este modo de conocer no conduce a un conocimiento validado públicamente, hoy se le presta poca atención, pero él cree que constituye nuestra forma más básica de conocer y que aun la ciencia más rigurosa tiene su origen en la misma. A este respecto, cita las palabras de Albert Einstein en relación con su búsqueda de la teoría de la relatividad:

Durante todos esos años hubo un sentimiento de dirección de ir directamente hacia algo concreto. Es muy difícil expresar ese sentimiento en palabras; pero decididamente él existía y era claramente diferente de las posteriores consideraciones acerca de la forma racional de la solución (Wertheimer, 1991, p. 184).

Al intento de probar cualquier hipótesis recurriendo a los demás o al ambiente externo, Rogers le da el nombre de forma objetiva de conocer. En este tipo de conocer, las hipótesis se basan en un marco de referencia externo, y son comprobadas, tanto mediante operaciones externamente observables como mediante inferencias empáticas con relación a las reacciones de un grupo de referencia que merece confianza, habitualmente un grupo de colegas. De esto resulta obvio que la elección de un grupo de referencia es extremadamente importante en este tipo de conocer. Dicha importancia se hace más patente cuando los grupos de referencia son demasiado estrechos. Aunque el conocer objetivo goza de la más amplia aceptación en la comunidad científica, con frecuencia se olvida que en muchas situaciones cede ante el conocer subjetivo. Esto ocurre cada vez que el conocimiento intuitivo de los científicos prevalece frente a evidencias nuevas provenientes de investigadores marginales. En este aspecto, Rogers sostiene que ni el nuevo descubrimiento de investigación ni la sabiduría subjetiva de los científicos que rechazan dicho descubrimiento, son infalibles, e insiste en la naturaleza errónea de la idea de que el conocimiento objetivo está “ahí afuera” es firme, impersonal y seguro. Como invención humana, el conocimiento objetivo es una forma de conocer tan falible como cualquier otra, sin negar que el mismo descansa en algunas de las mejores salvaguardas que ha creado el hombre contra el autoengaño. 

A los modos de conocer subjetivo y objetivo, Rogers agrega un tercer modo de conocer, aplicable fundamentalmente al conocimiento de los seres humanos, el cual designa con el nombre de “conocer interpersonal”. Este es el conocimiento que podemos alcanzar acerca del mundo psicológico de otras personas. Para Rogers, conocemos los sentimientos, emociones y creencias de otra persona, mediante el acceso a su mundo fenoménico, lo cual implica el uso de nuestra máxima capacidad de empatía. La convicción de Rogers es que una ciencia psicológica madura debe procurar integrar estos modos de conocer a fin de lograr un mayor alcance en torno a la clase de problemas científicamente investigables. En este sentido, variables como “el significado”, “el sí mismo”, así como otras variables provenientes de la interacción psicoterapéutica podrían ser estudiadas por una psicología científica más abarcadora. Sin entrar en detalles, es oportuno señalar que el conocimiento del mundo psicológico de otras mentes está rodeado de enorme dificultades epistemológicas que han sido expuestas en análisis tanto filosóficos (Austin, 1975) como psicológicos (Barratt, 1971). 

A continuación se abordará la segunda forma de ver la epistemología, aquella que le niega a esta disciplina la privilegiada condición de filosofía primera que le atribuía la concepción tradicional o clásica, y pretende hacer de la epistemología una ciencia natural. Se remonta a las notas sobre lógica escritas por Ludwig Wittgenstein en 1913, donde reduce la filosofía a lógica y metafísica y se refiere a la epistemología como la psicología de la filosofía. 

Una formulación más elaborada de esta nueva concepción de la epistemología es la realizada por Quine (1974) en su ensayo “Naturalización de la Epistemología”, donde argumenta que el programa fundamentalista cartesiano fracasó y que la búsqueda cartesiana de certeza es una causa perdida. Quine cree en la legitimidad de la epistemología, pero bajo una formulación y un estatus clarificado. Esta nueva epistemología es un capítulo de la psicología y, por tanto de la ciencia natural; estudia un fenómeno natural: el sujeto humano físico. Según Quine, si lo que se busca es una reconstrucción que vincule a la ciencia con la experiencia mediante procedimientos explícitos, entonces parecería más sensato apelar a la psicología. Es mejor descubrir cómo se desarrolla y se aprende de hecho la ciencia que fabricar una estructura ficticia que produzca un efecto similar.

Mientras la vieja epistemología aspiraba a contener en un sentido a la ciencia natural, construyéndola de alguna manera a partir de datos sensibles, en la epistemología naturalizada, es la epistemología la que está contenida en la ciencia natural, como un capítulo de la psicología. Para Quine, la interacción entre epistemología y ciencia natural es tan estrecha que podría visualizarse como dos conjuntos que en diferentes formas se contienen recíprocamente. Perseguimos una comprensión de la ciencia, y pretendemos que esa comprensión sea mejor que la propia ciencia que es su objeto. Quine considera aplicable aquí la parábola de Otto Neurath sobre el marino que ha de reconstruir su barco mientras flota en él. 

Este intento por naturalizar a la epistemología ha sido objeto de prolongados debates en los últimos años cuyas principales manifestaciones fueron recogidas por Hilary Kornblith (1993, 1994). Dentro de la psicología, el más coherente esfuerzo por construir una epistemología empírica es el realizado por B. F. Skinner (1963, 1972). En primer lugar, se hará una breve exposición de la concepción skinneriana general del conocimiento y su aplicación al mundo psicológico del individuo. Como se sabe, Skinner se definió a sí mismo como un conductista radical que no acepta las explicaciones mentalistas de la conducta, y por tanto que tampoco debe aceptar dichas explicaciones cuando se trata de explicar la propia conducta del científico o de cualquier otra persona que alegue conocer algo. A diferencia de la epistemología tradicional, que ha sido derivada de la lógica y de la filosofía, la epistemología empírica de Skinner se deriva del análisis de la conducta de todo aquel que alegue poseer conocimiento de algo. 

Frente a la concepción tradicional del conocimiento en términos de representación o copia del mundo, Skinner ofrece la concepción alternativa del conocimiento como una forma de acción. En este sentido, ha señalado: 

La idea de que el conocimiento consiste en impresiones sensoriales y conceptos derivados de impresiones sensoriales fue el punto de vista del empirismo inglés y todavía es defendida por mucha gente. Pero otros creemos que ese punto de vista es incapaz de representar adecuadamente el conocimiento humano… Suponer que el conocimiento existe en la mente de un físico como material mental o psíquico- como la forma en que él ve al mundo- me parece algo completamente absurdo. En ningún momento una teoría física es un evento psíquico en el sentido de una imagen o sensación. (Skinner, 1972, p. 255).

Esta concepción del conocimiento parte del análisis de las interacciones complejas que se dan entre el sujeto y el mundo. El sujeto actúa sobre el mundo y lo transforma, y es transformado a su vez por las consecuencias de su acción. 

Nuestro conocimiento del mundo es nuestra conducta en relación con el mundo. Abundando sobre este punto, Skinner agrega: 

El conocimiento no debe identificarse con la forma en que las cosas nos parecen, sino más bien con lo que hacemos en torno a ellas… La física atómica no es la percepción que tiene el físico de eventos que ocurren dentro del átomo o de los eventos microscópicos a partir de los cuales es inferido el mundo atómico. El conocimiento científico es lo que las personas hacen al predecir y controlar la naturaleza. (Skinner, ibid, pp. 70-71).

Esta concepción permite expresar el conocimiento científico por medio de formulaciones que reflejan la conducta verbal del científico y no sus estados mentales.

El problema central del conocimiento en psicología es cómo conocemos nuestro mundo privado, y de manera particular, cómo conocemos el contenido de nuestra experiencia consciente. Skinner no evade este problema, pues no impone ninguna restricción a lo que puede ser conocido y aquello de lo que se puede hablar.

A partir de las reformulaciones cartesianas, se consideró el conocimiento del mundo privado (mundo mental para las formulaciones tradicionales en psicología) como más inmediato que el conocimiento del mundo público (mundo físico para las formulaciones tradicionales en psicología). Recuérdese que Descartes derivó el hecho primario de su propia existencia a partir del conocimiento indubitable de que estaba pensando, relación que se resume en la expresión “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo). En psicología, la formulación cartesiana condujo a la distinción entre experiencia inmediata y experiencia mediata. Siguiendo esta distinción, Wundt distinguió entre física y psicología diciendo que mientras la física estudiaba la experiencia mediata, la psicología estudiaba la experiencia inmediata. El conductismo primitivo de Watson despreció totalmente este problema, pero el conductismo metodológico volvió sobre el mismo para rechazar la distinción entre física y psicología sobre esa base y considerar a la experiencia consciente inmediata como el fundamento de todas las ciencias pero sin ser el objeto específico de ninguna. En ese sentido, Spence señalaba que: 

Los datos de todas las ciencias tienen el mismo origen, a saber, la experiencia inmediata de una persona que observa, se decir, la experiencia inmediata del propio científico. Esto equivale a decir que la experiencia inmediata, la matriz inicial de la cual se desarrollan todas las ciencias, deja de ser objeto de interés para el científico en cuanto científico. Este sencillamente la da como un hecho y luego procede a su tarea de describir los eventos que ocurren en ella. (Spence, 1946, p. 68).

Como puede inferirse de la cita anterior, también para el conductismo metodológico el conocimiento del mundo privado es más directo que el conocimiento del mundo público, aunque no posea las características del conocimiento científico. 

La epistemología empírica de Skinner constituye una forma de inversión copernicana del problema, para usar la analogía kantiana: “Es el mundo público el que es directa e inmediatamente conocido, mientras que el mundo privado, si no totalmente incognoscible, es por lo menos más difícil de conocer.”(Skinner, 1953, p. 953). El fundamento de su posición está en el papel que Skinner le adscribe a la comunidad verbal en el proceso de conocer. Aprendemos a conocer bajo contingencias de reforzamiento dispuestas por una comunidad verbal. Dado que ésta tiene acceso de manera más fácil al mundo público que al mundo privado, puede disponer mejor las contingencias bajo las cuales conocemos el mundo público. 

Aquí cabe señalar que para Skinner, los eventos privados no son simplemente aquellos que ocurren dentro del organismo y que únicamente son accesibles al propio individuo, sino aquellos que ocurren dentro del organismo y que no son accesibles, o lo son de una manera muy inadecuada, a la comunidad verbal. Es de aquí de donde surge la gran dificultad con que adquirimos el vocabulario que usamos para describir nuestra propia conducta. La comunidad verbal puede enseñar fácilmente a un niño a distinguir entre diferentes colores pero no puede enseñarle con la misma facilidad a distinguir entre diferentes dolores, sentimientos y emociones. Es así como resulta que el mundo privado, que es más cercano al individuo, es más difícil de conocer porque está más lejos de la comunidad verbal, que es la responsable de disponer las contingencias de reforzamiento bajo las cuales aprendemos a conocer.

¿Cómo enfrenta Skinner el problema del conocimiento del contenido de la experiencia consciente? Hablamos de que somos conscientes tanto del mundo que nos rodea como de nuestras sensaciones e imágenes. Según Skinner, somos conscientes de nuestra propia conducta en el sentido de que podemos autodescribirnos mientras nos comportamos y mientras reaccionamos ante el mundo que nos rodea. Esto quiere decir que, para Skinner, “ser consciente de”, o “darse cuenta de”, son respuestas autodescriptivas. Skinner resume su posición en torno al conocimiento de la experiencia consciente de la siguiente manera: 

Ver no implica algo visto. Adquirimos la conducta de ver bajo la estimulación de objetos reales, pero ella pueda ocurrir en ausencia de estos objetos, bajo el control de otras variables… También adquirimos la conducta de ver que estamos viendo, cuando estamos viendo objetos reales, pero ella también puede ocurrir en su ausencia. (Skinner, ibid, p. 955).

De aquí se infiere que para Skinner, cuando hablamos de nuestras imágenes, recuerdos y sueños, todo cuanto hacemos es describir nuestra conducta de ver en ausencia de las cosas vistas. Suponer que vemos copias o representaciones internas introduce complicaciones innecesarias, pues obliga a explicar dónde y cómo forma el organismo esas representaciones sin añadir nada que no pueda ser comprendido cuando concebimos las imágenes, recuerdos y sueños como conductas de ver. Tomemos el caso del soñar. Si consideramos el soñar como un despliegue de cosas vistas por el soñador, entonces tenemos que explicar cómo elabora el soñador esas cosas que ve durante el sueño. Si en cambio, consideramos el soñar como la conducta de ver, la idea de una elaboración onírica es innecesaria. Skinner agrega que los movimientos oculares que ocurren durante el soñar, así como los recuerdos provocados por la estimulación eléctrica del cerebro, son más fáciles de comprender a partir de su interpretación que a partir de la interpretación tradicional. Y refiriéndose a la persistencia de la creencia humana en copias o representaciones mentales, Skinner concluye: “Le tomó al hombre mucho tiempo comprender que cuando soñaba con un lobo no había presente ningún lobo; le ha tomado mucho más tiempo comprender que no hay presente ni siquiera una representación del lobo.”(Skinner, ibid, p. 955).

La formulación expuesta constituye el esfuer-zo más coherente que se haya hecho por llevar la actitud conductista hasta las últimas consecuencias. Hay que reconocer que ésta es la única forma hasta ahora explorada de superar las incongruencias epistemológicas en que se vería envuelto un enfoque conductual de la psicología si no provee una alternativa en términos de conducta a la concepción tradicional del conocimiento en términos de copia o representación mental.

Hasta aquí, se han presentado dos concepciones diferentes de la epistemología y sus aplicaciones dentro de la psicología. En este momento no estamos en condiciones de comparar las ventajas y las limitaciones de estas tendencias epistemológicas; tal vez las diferencias entre las mismas se originan en presuposiciones básicas que generan una inevitable inconmensurabilidad. 

Finalmente, vale la pena aprovechar la ocasión para presentar brevemente dos actitudes epistemológicas previamente discutidas en las ciencias naturales y que se han reflejado de una manera muy notable en el campo específico de la psicología de la personalidad. Me refiero al asunto de la continuidad o discontinuidad entre el sentido común y la ciencia. 

Eysenck (1959) ha defendido la tesis de la discontinuidad entre el sentido común y la ciencia en psicología, usando en su provecho la distinción de Eddington entre dos tipos de física, los cuales contrastó recurriendo al ejemplo de las dos mesas: la mesa sensible, sólida e impenetrable del sentido común y la mesa de la física moderna, constituida en su mayor parte por espacio vacío, con un gran número de pequeñísimas partículas dotadas de un vertiginoso movimiento dentro de dicho espacio. (Eddington, 1958, pp. XI-XIII). A pesar de que para el observador ingenuo, la mesa del sentido común parece más real, sabemos que la mesa verdaderamente real es la de la física moderna. Eysenck piensa que lo mismo ocurre en el campo de la psicología donde las creencias psicológicas de sentido común producen en el público una sensación de certeza, mientras que el conocimiento científico parece más incierto y dudoso. La convicción de Eysenck es que el estudio científico en psicología debe abandonar esa pretensión de certeza que suele acompañar al sentido común y sustituirla por una actitud de creencia a prueba.

La actitud epistemológica opuesta fue defendida por Allport (1966) que le dio el nombre de realismo heurístico a la actitud epistemológica que según él debemos seguir al emprender el estudio de la personalidad humana. Esta actitud parte de la creencia de sentido común de que cada ser humano tiene una personalidad y que la tarea del psicólogo debe ser aceptar como punto de partida la existencia de esa personalidad y a partir de ahí tratar de descubrir en qué consiste la misma. Como se ve, el realismo heurístico no es exactamente realismo de sentido común, pero es obvio que hay una relación de continuidad entre ambos.

Se trata de dos opciones epistemológicas cuyas consecuencias se reflejan en los métodos y procedimientos que el psicólogo valora y prefiere en el estudio de la personalidad. Resulta muy difícil descalificar a priori una actitud epistemológica particular y siempre habrá un margen para la elección personal del psicólogo. En los últimos años, mientras Churchland (1981) ha insistido en descalificar la psicología del sentido común, Fodor (1987) ha adoptado una actitud más permisiva frente a las inferencias basadas en la psicología de las creencias y deseos de sentido común.

REFERENCIAS

Allport, G.W. (1966). Traits revisited. American Psychologist, 21, 1-10.

Austin, J. L. (1975). Ensayos filosóficos. Madrid: Revista de Occidente.

Barratt, P.E.H. (1971). Bases of Psychological Methods. Sydney: John Wiley and Sons Australasia.

Carnap, R. (1967). The Logical Structure of the World and Pseudoproblems in Philosophy. Berkely: University of California Press.

Churchland, P.M. (1981). Eliminative materialism and propositional attitudes. The Journal of Philosophy, 78, 67-80.

Eddington, Arthur ( 1958). The Nature of The Phy- sical World. Ann Arbor: The University of Michigan Press.

Eysenck, H.J. (1959). Estudio Científico de la Personalidad. Buenos Aires: Paidos.

Fodor, J.A. (1987). Psychosemantics. The problem of meaning in the philosophy of mind. Cambridge, MA: The MIT Press.

Kornblith, H. (1993). Inductive Inference and its Natural Grounds. Cambridge, MA: The MIT Press.

Kornblith, H. (ed.) (1994). Naturalizing Epistemology (second edition). Cambridge, MA: The MIT Press.

Quine, W. V. (1974). La Relatividad Ontológica y otros ensayos. Madrid: Tecnos.

Rogers, C. R. (1964). Torward a science of the person. En T. W. Wann (ed.). Behaviorism and Phenomenology, pp. 109-133. Chicago: The University of Chicago Press.

Skinner, B.F. (1963). Behaviorism at fifty. Science, CXL, 951-958.

Skinner, B.F. (1972). Cumulative Record: A selection of papers (3rd. Edition) New York: Appleton-Century-Crofts.

Spence, K.W. (1948). The postulates and methods of “behaviorism”. Psychological Review, 55, 67-70.

Wertheimer, M. (1991). El Pensamiento Productivo. Barcelona: Ediciones Paidós Ibérica.

1- Publicado en sept. 2007, en: http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-292-1-tendencias-epistemologicas-en-psicologia.html

Publicado en Psicología y Psiquiatría

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