Psicología del Caos (Entrevista a Manuel Almendro)

Psicología del caos

http://pacotraver.wordpress.com/2009/03/10/psicologia-del-caos/

Posted on marzo 10, 2009 

El día que Manuel Almendro estuvo en Castellón impartiendo un taller seminario para los servicios de Salud Mental del Consorcio Hospitalario Provincial, un periodista me requirió para comentar la noticia y me preguntó:

– ¿Podría usted explicarme en términos comprensibles en qué consiste eso de la psicología del caos?

Le dije:

– Imagínese usted que un niño nace en el seno de una familia de esas que hoy llamamos desestructuradas, que su madre falleció cuando apenas era un niño, que su padre es alcohólico y que este niño pasó toda su infancia entre impersonales abuelos y en un barrio donde el principal aliciente de ocio era la droga y los pequeños delitos. Un niño sin escolarización y abandonado en sus necesidades de socialización y afectivas. ¿Qué cree usted que sucedería con un niño así?

El periodista entendió mi argumento y afirmó:

– Ya, lo que usted quiere decir es que este niño tiene muchos boletos para ser un delincuente, un drogadicto o un psicótico.

– O un genio, si quiere le puedo dar una lista de al menos cien escritores, pintores, músicos, científicos, poetas o reformadores que crecieron en un ambiente así. O una persona corriente, que es la posibilidad más común. No podemos saber qué sucederá, lo que podemos hacer y hacemos es entender de forma postdictiva el presente de este niño a partir de lo que sucedió.

– ¿Y que es lo que hace que un niño resulte en un delincuente o en una persona extraordinaria?

Pues precisamente eso es caos, es decir indeterminación, ni lo sabemos ni lo podemos llegar a saber. A partir de esos antecedentes podemos explicarnos el primer caso pero no el segundo y sobre todo podemos explicarlo pero no predecirlo: no podemos predecir qué sucederá a pesar de que sabemos que toda la vida de este niño estará presidida por esos aprendizajes precoces, existe una dependencia total de las condiciones iniciales y a pesar de eso nos es imposible predecir qué sucederá, lo mental está sujeto a la incertidumbre, es decir a la impredictibilidad.

– Entonces la psicología que es la disciplina que se ocupa de lo mental ¿Es una disciplina caótica?

-Exactamente, o al menos la psicología debería estar más al día respecto a las teorías del caos y abandonar su dependencia de la causalidad lineal, el determinismo lineal es muy poco importante para la mente a pesar de que ha contribuido y mucho a la medicina pero a diferencia de las enfermedades somáticas las enfermedades mentales se caracterizan por esta cualidad de indeterminación, las cosas suceden porque la naturaleza se manifiesta a través del desorden y el escenario más idóneo para ello es la mente, lo mental.

– Me parece entender que el azar entonces tiene mucho que decir en la causalidad de lo mental, ¿son las enfermedades mentales causadas por el azar?

-Oh, veo que usted confunde el azar con el caos, no se preocupe eso le sucede a mucha gente, el concepto de azar es una abstracción matemática pero no existe en la naturaleza, lo natural está presidido por secuencias o fluctuaciones cíclicas entre orden y desorden, pero el desorden no es azar sino caos y tiene un sentido a diferencia del azar que es ciego y carece de intencionalidad. El azar es el caos visto a través del egoísmo, pero el caos es tan intencional y necesario para la vida como el orden de la naturaleza. Sin caos no habría orden, sin muerte no habría vida. 

Manuel Almendro es uno de esos psicólogos que han metido la nariz en este tipo de procesos presididos por la indeterminación. El mensaje de su conferencia estuvo pivotando sobre la idea de que la psicología determinista ha llegado a un callejón sin salida y poco a poco los nuevos desarrollos cognitivos buscan más y más una confluencia con los saberes ancestrales del hombre. Propugna una nueva ciencia de la conciencia que vaya más allá de la mente como constructo maldito religado y excluido del cerebro y la denuncia de que las neurociencias  se hayan lanzado en manos del reduccionismo biológico más radical. Simplemente no existe una neurociencia que contemple la mente a pesar de que todos nosotros tenemos una con la que poder experimentar y que siente, gusta, huele, ve y toca: si sabemos tan poco de la mente es por el hecho de que la ciencia se empeñó en construir un discurso basado en la disociación entre observador y observado, para la psicología científica solo es ciencia cuando hay un observador “objetivo” que mide, señala y apunta los datos que nos ofrece un observado (un paciente por ejemplo) negando el hecho de que esa observación se realiza siempre desde un prejuicio y que no tiene nada de objetiva.

El método científico se ha revelado insuficiente, engañoso, materialista y empobrecedor, probablemente ha enlentecido nuestro conocimiento de la mente de una forma extraordinaria y difícil de medir en términos de perdida de tiempo.

Lo realmente curioso es que el conocimiento de la mente humana procede más de los artistas y de los saberes y tradiciones espirituales que de los psicólogos, es decir de todos aquellos conocimientos que no han estado encorsetados por el método científico que ha posibilitado que los hombres de ciencia vivieran de espaldas a sus propias intuiciones.

Es necesario pues un cambio de paradigma, una de las consecuencias de abrazar esta línea de la causalidad caótica es que a través de su conocimiento (del caos) podremos entender mejor los procesos naturales lo que no quiere decir que podamos cambiarlos. Entender como funciona el caos presupone abandonar el “furor curandi” y el intervencionismo que impregna toda la filosofía asistencial de médicos y psicólogos clínicos. La naturaleza no está ahí para que nosotros la dominemos y si es necesario la destruyamos con nosotros dentro, está ahí para que la entendamos y si es posible la modifiquemos a favor de nuestro bienestar. La naturaleza no nos pertenece y por lo tanto no estamos legitimados para intervenir más allá del necesario desorden natural que destila a través de todos y cada uno de los sucesos individuales.

Los sujetos enfermamos por ese desorden natural pero también nos es posible curarnos precisamente a través de ese mismo desorden.

A lo mejor los pacientes se curan por razones que ni nosotros mismo entendemos y no precisamente por lo que hacemos con ellos, y otros a lo mejor no se curan porque no se pueden curar o porque el remedio sería peor que la enfermedad. Algunos los pacientes, se curan a pesar de las cosas que hacemos con ellos. No conozco una mejor definición del caos aplicado a la psicología mejor que ésta: el devenir de una terapia está relacionado con elementos impredecibles que se deslizan a través del tiempo y que a veces provocan reestructuraciones o cambios que resultan curativos.

Lo cual no se opone al hecho de que algunos pacientes puedan beneficiarse de técnicas basadas en el determinismo lineal: cuando a usted le operan de cataratas están operándole desde ese conocimiento lineal de las cosas. Cuando a usted le hacen una psicoterapia cognitivo-conductual le están tratando desde esta concepción de la ciencia y a veces funciona, sin embargo las razones por las que funciona o no, no proceden del cuerpo doctrinal de la técnica en cuestión sino de la cantidad de desorden que se manifiesta en usted y que deviene en patología.

Se trata de entender pues como suceden estas cosas, qué clase de tecla hemos tocado para obtener este resultado teniendo en cuenta que quizá la próxima vez que la toquemos no obtendremos el mismo: los sucesos nunca se repiten con el mismo resultado. Es frecuente que los terapeutas de todas las orientaciones hayan tenido alguna vez la impresión de que el paciente ha mejorado sin saber exactamente por qué lo ha hecho, también tenemos la experiencia contraria: que el paciente empeora a pesar de poner en juego nuestra mejor maestría y dedicación.

Una de las evidencias de que los sucesos mentales están presididos por estructuras caóticas es la observación tantas veces realizada y teorizada por la psicología sistémica de que la mejoría de un miembro de una familia imponía una ruptura de la simetría (homeostasis) y que alguien cercano enfermaba de gravedad con un cáncer o cualquier otra enfermedad simultáneamente con aquella mejoría. Este hecho llevó a muchos teóricos sistémicos a la hipótesis de que el orden familiar participa de un equilibrio común pero ¿como se transmite la enfermedad de un miembro a otro? Parece algo mágico pero hay demasiadas evidencias de que este fenómeno es cierto para ocultarlo: simplemente la mejoría de uno provoca la enfermedad en el otro y no podemos evocar mecanismos víricos de contagio, simplemente no podemos hacerlo a través de una concepción determinista de la psicología o de la ciencia.

Almendros distingue entre tres órdenes de singularidades psíquicas:

La curación supone una crisis emergente a través de la cual un bucle se rompe y el pez deja de morderse la cola, el fractal se disuelve y se constituye otro que a su vez precisará de nuevas rutas disipativas. La curación en el sentido energético supone siempre el alcanzar un nuevo estado de organización desde el que la enfermedad se disuelve. La recidiva es por el contrario la reorganización del viejo bucle que nunca terminó de emerger logrando un nuevo nivel de organización, lo hace a partir de un centro que en la teoría del caos llamamos atractores. Y es por eso que todas las recaídas de una enfermedad se parecen tanto al modelo original. 

En el fractal de Lorentz podemos observar como existe un punto hacia el que gravita toda la fractal, se trata del atractor

Desde este punto de vista podemos comprender mejor qué es lo que se trasmite desde una persona a otra de la misma familia: una familia es aquel lugar donde se comparten fractales, es decir modos de entender el mundo e intercambios de solidaridad donde unos toman a cargo el sufrimiento de otros. Si un miembro de una familia rígida se cura o mejora de una enfermedad mental y otro enferma de un cáncer o de una enfermedad cardiaca por ejemplo podemos afirmar que el caos necesitó reorganizarse después del cese de un bucle diabólico en uno de sus miembros. Y el caos se manifiesta en cada individuo de una forma bien distinta. Lo que se trasmite no es pues un virus, sino un patrón energético que más arriba hemos llamado fractal.

Una familia en este sentido es una totalidad y la totalidad se manifiesta en las partes: no significa que la cada parte contenga un trozo de la totalidad sino que en cada parte se encuentra la totalidad entera, como sucede en el modelo holográfico de Pribram. Así un individuo contiene a la totalidad de su familia como potencialidad en su generador propio de fractales y cada familia a su vez contiene las fractales (fracciones) individuales que cada cual construye por sí mismo siempre que no haya desviaciones importantes. De manera que la enfermedad de uno de sus miembros puede resultar en la obturación o deslizamiento de enfermedades o calamidades de otros y viceversa: las desviaciones de unos pueden ser benefactoras para otros. Es impredecible pues que una enfermedad en un miembro cualquiera de la familia vaya a resultar en pérdida o ganancia de salud en otros miembros pero es previsible que suceda en una forma u otra.

Del mismo modo es absolutamente imposible predecir si la curación de alguien redundará en beneficio o prejuicio de otros: todo depende de los fractales que compartan y seguramente no existen rutas iguales en ningún miembro. Por ejemplo en una familia con pasión por la belleza, por el qué dirán o por aparecer ante los demás con su mejor versión es previsible que aparezcan en distintas escalas, gustos, estilos de vida o patologías autosimilares: efectivamente las fractales son autosimilares pero no son idénticasy son además irregulares, aunque lo que un miembro es rasgo o coraza en otro puede ser una anorexia mental y en otro un cáncer linfoide puesto que todos gravitan hacia un temor esencial: el miedo a la desvalorización de los otros que se constituye así en un algoritmo recursivo.

Todos los fractales de una familia determinada se parecen (como se parecen los padres a los hijos) puesto que todos comparten una matriz común: la pasión por el escaparate, el deseo de ser vistos, la idolatría del cuerpo o de la apariencia gravitan hacia un atractor: un miedo arcaico que tiene correspondencias con la supervivencia. Este miedo invoca un arquetipo celular y este arquetipo se ocupa de la faena sucia corporal: es por eso que sentirse desvalorizado puede ir desde una conducta compensatoria como cierta arrogancia hasta un cáncer siguiendo toda la jerarquía de lo que entendemos como patología de la autoestima.

El miedo a la desvalorización se comporta pues como un atractor sobre el que gravitan los fractales de toda una familia, a veces de toda una cultura.

 

Publicado en Psicología y Psiquiatría

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