La Imaginación Científica (Ruy Pérez Tamayo)

EL INVESTIGADOR científico se concibe habitualmente como un individuo estricto, profundamente comprometido con su ocupación profesional, escrupuloso hasta la exageración en toda clase de detalles, crítico riguroso e implacable de sus propias ideas y resultados y de los de sus colegas, escéptico (en principio) de cualquier proposición avanzada en su campo de investigación por sujetos sin credenciales ortodoxas, y no diferentes a su rango y jerarquía en el mundo académico contemporáneo. Este último lo concibe formado por una improbable combinación de sus amigos, investigadores excelsos y hombres de bien todos ellos, que por supuesto comparten y apoyan sus ideas, y un grupo de sujetos ignorantes, mal informados y hasta fraudulentos, que sistemáticamente se oponen en público a ellas.

La descripción anterior es una caricatura de la realidad, pero como todas las caricaturas contiene mucho de cierto. Una proporción importante del público informado seguramente aceptaría que el científico es un hombre “frío y calculador”, cuidadoso de que sus emociones y deseos personales no intervengan en su trabajo profesional. “El objetivo de la ciencia —se dice a sí mismo— es la comprensión de la naturaleza, que debe ser la misma para todos los que la contemplamos y disfrutamos. Sería absurdo que yo dejara que este dolor de muelas que hoy tengo influyera en la imagen de la verdad que persigo, que debe ser la misma para todos los seres humanos, con o sin dolor de muelas.”

El hombre de ciencia caracterizado en el párrafo anterior sufre de algo mucho más grave que un dolor de muelas; su enfermedad no es física sino filosófica, y puede diagnosticarse como un caso desesperado de realismo epistemológico. Esta escuela no es nueva dentro de la filosofía de la ciencia, pero en años recientes ha cobrado bríos renovados. Su postulado central es que existe un mundo exterior que posee una realidad independiente de nuestra percepción de ella, y que la ciencia es simplemente lo que resulta de la interacción entre la realidad exterior y nuestro intelecto. El realismo epistemológico tiene otras consecuencias que no ignoro, pero que no considero relevantes para mi propósito en estas líneas.

El problema central con el realismo epistemológico es que no toma en cuenta la participación decisiva del científico como factor determinante de lo que se conoce como realidad. La existencia del mundo exterior como una colección prácticamente infinita de cosas, hechos y relaciones no es una realidad independiente de nosotros sino una interpretación que hacemos de lo que percibimos a través de nuestros sentidos, de lo que nos enseñan nuestros padres y de lo que aprendemos en la escuela primaria, sobre todo en los primeros años. Es por eso que puede aceptarse que la realidad que percibimos es en gran parte producto de la experiencia, tanto colectiva como (especialmente) personal. Un ejemplo sencillo servirá para aclarar este punto: imaginemos a un joven estudiante de medicina examinando una radiografía de un paciente, junto con su maestro en radiología. Indudablemente que los dos miran lo mismo: un conjunto de manchas más o menos oscuras en una placa translúcida. Pero también es indudable que los dos no ven lo mismo: lo que resulta ininteligible para el estudiante es fácilmente interpretado por el maestro. La diferencia entre estos dos observadores es la experiencia, que el joven no tiene mientras que su maestro sí posee, como una de sus virtudes más caras. Si aceptamos que el maestro está viendo con mayor fidelidad y penetración a la realidad, entonces también aceptamos que la realidad de la “realidad” depende en gran parte del observador. La contribución de nuestra propia e individual psicología a lo que se conoce como “realidad” también se adivina fácilmente cuando consideramos términos como “bueno”, “justo”, “histórico” o “verdadero”.

El punto que me interesa subrayar es que la ciencia es una actividad humana, por lo que todos los esfuerzos por presentarla como independiente del H. sapiens y sus formas tradicionales y específicas de actuar están destinados al fracaso. Una de las características más propias del hombre es su imaginación, su capacidad para crear dentro de su cabeza mundos diferentes a los que experimenta, situaciones completamente distintas a las que le ha tocado vivir o a las que han ocurrido y ya han sido fielmente registradas a través de la historia. La sustitución del mundo verdadero por un mundo imaginario no pasaría de ser un problema meramente teórico si no fuera porque históricamente ha sido la forma principal como la ciencia ha transformado al mundo.

El científico sólo tiene una manera de explorar a la naturaleza:

Imaginándose primero cómo podría ser, inventando explicaciones  posibles de la realidad, diseñando modelos teóricos que pretenden duplicar la estructura y funciones de segmentos más o menos estrechos de la naturaleza, y después confrontando en forma crítica y rigurosa sus imaginaciones, inventos y modelos teóricos con la realidad misma. Dentro de este esquema de la actividad científica, la imaginación ocupa un papel fundamental y justifica plenamente la consideración de la ciencia como una actividad esencialmente creativa.

* Ruy Pérez Tamayo (1924) se graduó de médico cirujano en la UNAM, hizo cursos de posgrado en EUA y posteriormente en el IPN. Fundó y dirigió durante 15 años la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la UNAM en el Hospital General, después trabajó como investigador en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM y posteriormente en el Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán”. Actualmente es jefe de la Subdivisión de Medicina Experimental de la Facultad de Medicina de la UNAM.

 

Publicado en Ciencias de la complejidad

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