El DSM: la Biblia del totalitarismo

El DSM: la Biblia del totalitarismo

Por Juan Pundik

Publicado en Agosto 2010

La medicalización de la infancia es un proceso contemporáneo. Actualmente en España, donde no se elaboran muchas estadísticas ni muy fiables, se calcula que un 20 % de la población infantil podría estar siendo medicada con metilfenidato, antidepresivos, antipsicóticos, antiepilépticos y otras drogas similares como consecuencia de diagnósticos fundamentados en el DSM-IV. Sin contar con que la OMS, paradójicamente, advierte permanentemente a las autoridades sanitarias españolas acerca del exceso de consumo de antibióticos y antihistamínicos. Millones de niños “hiperactivos” de generaciones anteriores, sanos, pero que dábamos más trabajo a los adultos por nuestra curiosidad, nuestro interés y la intensidad de nuestra actividad, nos hemos salvado de ser diagnosticados y drogados porque el DSM no apareció, afortunadamente hasta 1952.

Según denuncia el British Medical Journal, todos los procesos normales de la vida, nacimiento, envejecimiento, sexualidad, tristeza, infelicidad y muerte, están siendo sometidos a permanente medicación.

Este fenómeno ha sido designado como disease mongering, es decir “promoción de enfermedades”. El cansancio, el mal humor, la desgana, la falta de concentración, la timidez, la inapetencia sexual, la impaciencia, las dificultades para relacionarse con la gente, internet, las consolas, la playstation, pueden recibir una descripción terminológica médica y ser diagnosticadas como enfermedades para las cuales existe el correspondiente fármaco.

La complejidad de establecer el límite entre lo normal y lo anormal utilizando el DSM se ha hecho cada vez más difícil y se presta cada vez más a una arbitrariedad diagnóstica peligrosa. Los americanos han declarado “trastorno” la adicción a la computadora, al chat, a la cirugía estética, sin ponerse límites en diagnosticar comportamientos, porque se ha constituido en un negocio muy lucrativo del cual forman parte importante los seguros médicos. El mantenimiento y la proliferación de criterios ya no son obra de consagrados y reconocidos especialistas, sino de los grupos de poder económico, propietarios de las multinacionales farmacéuticas, que exigen diagnósticos, la indicación de sus fármacos y ofrecen cursos de capacitación para que cualquiera pueda llevarlos a cabo. 

Los orígenes del DSM-IV

DSM son las siglas inglesas con las que se conoce al Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales aprobado por la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, publicado en 1952 y denominado DSM-I. Fue reemplazado por el DSM-II en 1968, por el DSM-III en 1980, por el DSM-III-R en 1983 y por el DSM-IV en 1994. La edición castellana es de 1995. En Estados Unidos ya ha sido editado el DSM-5.

El intento de clasificar las enfermedades tiene una larga historia que se inició con los griegos y posiblemente antes aún. El antecedente del DSM podemos situarlo en la decisión de obtener datos de tipo estadístico en relación a las enfermedades mentales en la confección del censo de 1880 de los EE. UU. En el año 1893 se reunió en Chicago el Congreso del Instituto Internacional de Estadística y aprobó la Primera Clasificación Internacional de Enfermedades y Causas de Defunción, basada en una lista de enfermedades preparada por Jacques Bertillon; la que posteriormente se llamaría la CIE-1. La Conferencia de Chicago recomendó que se revisara la clasificación cada 10 años, para mantenerla actualizada. Esta clasificación se fue reproduciendo, con modificaciones introducidas en las revisiones decenales, hasta 1948. A partir de ese año la Comisión Provisoria de la Organización Mundial de Salud (OMS) se hizo cargo de la publicación de la CIE-6 y ediciones posteriores. El cambio sustancial en la organización interna de la clasificación, se produjo, en lo que a nuestro interés respecta, al serle incorporado un capítulo dedicado a los trastornos mentales. A partir de 1955 la OMS produjo las CIE-7, 8 y 9. Estas no introdujeron modificaciones importantes en la estructura básica, aunque a la CIE-9 se le agregó un glosario de términos empleados en el capítulo sobre los trastornos mentales, lo cual contribuyó a su mayor uniformización. En 1992 se publicó la CIE 10 actualmente vigente. No se aprecian en la CIE criterios muy distintos a los que propone el DSM-IV, en cuyas ediciones, al lado de su propia numeración diagnóstica, incluye la del CIE 10.

A mediados del siglo XX la American Psychiatric Association y la New York Academy of Medicine trabajaban en la elaboración de una nomenclatura común, que pudiera ser aceptada por los profesionales sanitarios de todo el país y que incluyera a los considerados pacientes con enfermedades psiquiátricas y neurológicas, El resultado de ese trabajo fue la redacción del texto del denominado DSM-I publicado en 1952 y vigente hasta 1968, año en que se establece una nueva edición que desarrolla nuevas categorías diagnósticas, y que se va a denominar DSM-II. Estas dos primeras versiones reflejaron, muy claramente, la influencia que ejercía en aquella época Adolf Meyer en la psiquiatría americana y también su perseverante intento de producir un compromiso entre los psicoanalistas freudianos y las concepciones psicobiologicistas que comenzaban a cobrar fuerza y preeminencia. En 1980 se publica una nueva versión que va a reflejar ya la pérdida total de influencia de los psicoanalistas en su elaboración y el progresivo auge de las neurociencias. El DSM-III constituyó una ruptura tan frontal y provocó reacciones adversas de tal magnitud que condujeron, en 1983, a la publicación de una revisión que recibió la denominación DSM-III-R (Revisada). La revisión no modificó sustancialmente los criterios adoptados. La versión actualmente en uso en lengua castellana es de 1995, traducción del DSM-IV publicada en 1994, que mantiene esa orientación comprometida con las terapias cognitivo conductuales y las neurociencias.

EL DSM, manual del totalitarismo

Autodenominándose el DSM Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, y no existiendo una definición precisa de este concepto, los autores establecieron la siguiente: “Un trastorno mental es un síndrome o un patrón comportamental psicológico de significación clínica, que aparece asociado a un malestar, a una discapacidad o a un riesgo significativamente aumentado de morir, sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad”. Paradójicamente es la aplicación del DSM la que está actualmente poniendo en riesgo la libertad del sujeto y su derecho al malestar. Por ejemplo su derecho a deprimirse como parte del proceso para elaborar una pérdida o a distraerse y no prestar atención en el colegio cuando se siente afectado por una situación conflictiva que lo que requiere es resolución y no medicación.

Al definir el trastorno mental como un síndrome comportamental, el DSM se constituye en un manual de diagnósticos y tratamientos de orientación cognitivos conductuales y medicamentosos, y ese es el resultado de su aplicación, el cual ha conducido a que en los Estados Unidos actualmente seis millones de niños estén medicados con metilfenidato (Ritalin-Rubifen). El DSM-IV ha dejado de ser estrictamente el manual estadístico y diagnóstico inicial para constituirse en el manual de psiquiatría generalizado, no sólo para uso de psiquiatras sino de médicos generalistas y de familia, personal sanitario en general, psicólogos y pedagogos. La sociedad neoliberal globalizada necesita evaluarnos y cuantificarnos en nuestros actos, nuestras conductas, nuestros discursos, nuestros pensamientos y padecimientos, infiltrando una ideología totalitaria en nuestras sociedades democráticas.

Para ello nada mejor que aprovechar las nomenclaturas clasificatorias del DSM e irlas ampliando continuamente para responder al surgimiento continuo de fenómenos que aún no estén contemplados en las mismas. El objetivo del DSM de abarcar todo fenómeno es explícito y así lo establece en la presentación en la que especifica que: “Es imposible que la nomenclatura diagnóstica abarque cualquier situación posible. Por este motivo, cada clase de diagnóstico cuenta por lo menos con una categoría no especificada y algunas clases en particular incluyen varias categorías no especificadas”. Supongo que con el muy probable objetivo de que ninguna conducta humana, que pudiera resultar molesta al establishment, escape a la posibilidad de ser diagnosticada, tratada y medicada.

Este abordaje permite a la “falsa ciencia” prescindir de toda singularidad y borrar toda la subjetividad del individuo sometiéndolo a un cuestionario “para todos”, en el que debe hacer cruces en casilleros, para luego pretender definir la generalización de su padecimiento indicando por ejemplo: siempre, frecuentemente, a veces, nunca. Cuestionario para cuya lectura no se requiere de sujeto alguno, ya que la puede efectuar el propio programa del ordenador. El sujeto es transformado así en objeto para ser diagnosticado, e incluso medicado, por otro objeto: el ordenador. El objetivo de la “falsa ciencia” al servicio del poder es la eliminación de la subjetividad. El sujeto es transformado en objeto destinado a ser diagnosticado, clasificado y medicado por otro objeto.

El DSM-I que en 1968 contenía la descripción de 119 conductas diagnosticables como patológicas las ha ampliado en la edición del DSM-IV a 886 e incluye, entre ellas, algunos comportamientos tan generales que cualquiera puede ser encuadrado en sus diagnósticos y ser en consecuencia medicado, incluso de por vida. Es el caso de la prescripción de Prozac y Rubifen (Ritalina). Tal es lo que actualmente ocurre con diagnósticos tales como TDAH o depresión, entre muchos otros. Para ello no se requieren pruebas médicas “objetivas” de ninguna naturaleza. A pesar de lo cual miles de millones de dólares en drogas psiquiátricas son recetadas, cada año, para “tratar” manifestaciones como éstas que incluyen conductas que los psiquiatras de la American Psychiatric Association, votan para incluirlos en el DSM.

Ello a pesar de que en una declaración de setiembre de 2003 la propia American Psychiatric Association reconoció que: “La ciencia del cerebro no ha avanzado al nivel en que los científicos o clínicos puedan señalar ya las lesiones patológicas o las anormalidades genéticas que en si mismas sirvan como biomarcadores confiables de una enfermedad mental dada”. La inexistencia de biomarcadores debería conducir a la científica conclusión de que esos síntomas no tienen causas biológicas o somáticas.

EL DSM, un manual anticientífico, pagado por la industria farmacéutica

La investigadora Nancy Coover Andreasen, en un libro editado por Oxford University Press, hace notar la amplia utilización actual, en la medicina, de las técnicas de imágenes tales como resonancia magnética nuclear, tomografía axial computarizada y tomografía por emisión de positrones. Y señala que, a pesar de la publicidad mediática, en la literatura médica profesional, el valor potencial de la información por imágenes para detectar auténticas lesiones cerebrales es dudosa. Afirma que en ciencia neurológica un biomarcador puede ser la fisiopatología, la histopatología o la presencia de microorganismos patógenos en el sistema nervioso. Finalmente reconoce que no se ha podido demostrar ninguno de estos biomarcadores en los principales trastornos del manual DSM. Este cuestionamiento al valor científico del DSM ha sido emitido por la más prestigiosa neuróloga, Presidenta de la Academia Nacional de las Ciencias (USA), Medalla Nacional de las Ciencias (USA) y Jefa de Redacción del American Journal of Psychiatry.

Pero los intereses económicos y la corrupción tienen totalmente invadido el campo. Un estudio publicado en abril de 2006 en Psychotherapy and Psychosomatics reveló la relación entre los laboratorios y el DSM. Lisa Cosgrove, psicóloga de la Universidad de Massachussets y Sheldon Krimsky, profesor en la Universidad Tufts, realizaron un estudio publicado bajo el título de Nexos Financieros entre los Miembros del Panel del DSM-IV y la Industria Farmacéutica. El estudio reveló que más de la mitad de los 170 miembros del panel de responsables del DSM tenían nexos financieros ocultos con los laboratorios. Y más alarmante aún, que el 100 por ciento de los “expertos” del panel sobre trastornos de la personalidad del DSM tenían vínculos económicos-financieros con la industria farmacéutica.

Según ese estudio los “trastornos de la personalidad”, entre los cuales incluyen la “depresión”, el trastorno “bipolar” y la “esquizofrenia” son tratados con un volumen tal de fármacos que, sólo en los EE. UU. en 2004, las ventas de antidepresivos ascendieron a más de U$S 20 mil millones y las de neurolépticos a más de U$S 14 mil millones. Asimismo, el estudio denunció que en 2003 la industria farmacéutica le pagó a la revista de la American Psychiatric Association 7,5 millones de dólares en concepto de publicidad, y que esa cantidad fue incrementada en un 22% hasta llegar a la suma de 9,1 millones de dólares en 2004.

“Neuropatólogos, neurofisiólogos y radiólogos coordinarán su trabajo para mejorar el diagnóstico y tratamiento de los enfermos mentales en la Unidad de Psicopatología Neurofisiológica del Hospital Arnau de Vilanova de Valencia, siguiendo el modelo del Hospital de Toronto en Canadá. La unidad contará con técnicas instrumentales que facilitarán el control de alteraciones asociadas a la enfermedad mental, como la afectividad, la atención o la memoria, que permiten un diagnóstico más preciso, orientar mejor el tratamiento y predecir qué fármacos serán más eficaces para cada paciente. El codirector de la Unidad, el psiquiatra Pepe Salazar, anticipó que es posible que en un par de años se pueda ampliar esta unidad para tratamientos infantiles. En la nueva unidad del sueño se tratarán, entre otras patologías, el síndrome de piernas inquietas, el de apnea obstructiva, el sonambulismo y el insomnio, además de otros trastornos pasajeros como el jet-lag que se sufre después de un largo viaje en avión o los problemas provocados por estilos de vida que repercuten en el sueño, como son cambios de turno en el trabajo”. (ABC 11.09.08).

En 1880 se consideraban ocho categorías diagnósticas de los ya denominados “trastornos mentales”. En el primer DSM publicado en 1952 se establecen 106 categorías diagnósticas, en el DSM-II (1968) pasan a ser 182, en el DSM-III (1980) a 265 y en el DSM-IV (1994) a 297. Aunque en los lenguajes médico, profano y mediático se hagan referencias a estas categorías como “enfermedades psiquiátricas o mentales”, los redactores del DSM han tenido la inteligente y sutil precaución de mantenerse en la menos comprometida denominación de “trastornos mentales”.

EL DSM, un ataque a la subjetividad

Anna Bielsa, presidenta de la Societat Catalana de Psiquiatría Infantil envió una airada respuesta a la entrevista que me hiciera La Vanguardia de Barcelona intentando “proteger a los padres de niños con enfermedades psiquiátricas”. Preocupado por mi ignorancia terminológica, recurrí al Diccionario Espasa de Medicina publicado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, donde encontré que define la enfermedad como “Alteración patológica de uno o varios órganos, que da lugar a un conjunto de síntomas característicos”. La lectura me tranquilizó porque ni en el TDAH, ni en la depresión, ni en el trastorno bipolar hay patología orgánica o funcional constatada.

Actualmente 2,3 millones de adolescentes norteamericanos consumen metilfenidato y benzodiacepinas. En el Reino Unido se ha pasado de 3.000 niños tratados con metilfenidato en 1993 a 220.000 en 2002. En España el consumo de antidepresivos a cargo de la Seguridad Social ha pasado de 7.285.182 envases en 1994 a 21.238.858 envases en 2003. En 2005 los medicamentos más consumidos han sido psicofármacos. En 1990 había menos de un millón de diagnósticos de hiperactividad entre los niños de los Estados Unidos. Actualmente hay más de cinco millones. Entre 1991 y 2003, el número de prescripciones de anfetaminas a los niños aumentó un 500 %. Entre 1995-96 y 2001-2002, la prescripción de antipsicóticos a los niños se ha multiplicado por cinco, alcanzando 5,7 millones de prescripciones, el 53 % de ellas fueron recetadas para problemas de comportamiento o problemas afectivos. El prospecto del metilfenidato (Rubifén o Ritalina) indica como posibles efectos secundarios: sequedad de boca, vértigo, dolor de cabeza, insomnio, náuseas, nerviosismo, palpitaciones, reacciones cutáneas y alteraciones de la presión arterial. Según algunos estudios, puede llegar a producir la muerte súbita del niño. Un dechado de virtudes. El mismo prospecto indica que no debe administrarse a niños menores de 6 años y advierte a su vez de que su uso puede generar dependencia de tipo anfetamínico. El metilfenidato, inhibidor selectivo de la recaptación de dopamina, noradrenalina y serotonina, está considerado como una de las drogas más adictivas. La página web de la Agencia Antidroga Norteamericana (DEA) indica que las reacciones a la cocaína, anfetamina o metilfenidato cuando se administran de la misma manera a dosis comparables producen efectos casi idénticos. Los científicos críticos con los enfoques del TDAH lo denominan cocaína pediátrica.

En un artículo titulado “Cometiendo un asesinato”, Fred Baughman informó que la Universidad del William B. Carey de Pennsylvania demostró que lo que se describe como TDAH es un juego de variaciones conductuales normales sin validez diagnóstica alguna y que una serie de estudios realizados con Resonancia Magnética indicaron que el “tratamiento” con Ritalin y otras anfetaminas estaba provocando atrofias cerebrales y que el TDAH no constituye enfermedad desde un criterio médico. Baughman envió una carta a la entonces Fiscal General de Estados Unidos, Janet Reno, denunciando que el Trastorno de Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH) se había constituido en el mayor fraude que se hubiera cometido en el cuidado de la salud de la infancia, en la historia americana, al ser diagnosticada como si fuera una enfermedad real y estar conduciendo a la drogadicción a millones de niños normales.

El TDAH es un enorme negocio para las farmacéuticas. El valor bruto de la producción anual de metilfedinato en 2005 se ha multiplicado al menos diecisiete veces comparado con el correspondiente a 1990, pasando en ese período de menos de 2 toneladas anuales a más de 30. El National Center on Addiction and Substance Abuse, de los Estados Unidos, emitió un informe según el cual 15 millones de norteamericanos estaban tomando medicamentos analgésicos y drogas psiquiátricas tales como Xana-x, Ritalin y Adderall abusando de estas drogas más que de la cocaína, la heroína y las metanfetaminas combinadas, y que 2,3 millones de adolescentes hacían lo mismo. El informe concluyó que el abuso en la adolescencia de estas drogas médicamente prescriptas producía 12 veces más probabilidades de consumir heroína, 14 veces más de consumir éxtasis y 21 veces más de consumir cocaína.

Peter R. Breggin, médico psiquiatra de Harvard y Director del Centro Internacional para el Estudio de Psiquiatría y Psicología (ICSPP) ha denunciado que: Millones de niños en Norteamérica son diagnosticados con Trastornos de Déficit de Atención e Hiperactividad y tratados con psicoestimulantes como el metilfenidato, la dextroanfetamina y la metanfetamina, que producen una continua toxicidad en el sistema nervioso central que empieza con un aumento de energía, hiperatención y sobrefocalización en las actividades de la repetición y progresa hacia actividades obsesivo-compulsivas o perseverativas, insomnio, agitación, hipomanías, manías y ataques. También producen apatía, retiro social, depresión emocional, docilidad, abandono físico, rechazo, dependencia, inhiben el crecimiento y producen diversos trastornos cerebrales, algunos de los cuales pueden volverse irreversibles. Breggin ha declarado ante el Congreso de Estados Unidos sobre los efectos del Ritalin y ha apoyado con su testimonio científico las demandas de padres que consideran responsables de la muerte de sus hijos a este medicamento. www.ritalindeath.com es una web que fue creada por sus padres en memoria de los niños que han muerto como consecuencia del uso de drogas para tratar el Desorden de Déficit de Atención e Hiperactividad, y de las muchas familias que quedaron atrás sufriendo sin encontrar responsables y cuya consulta recomiendo.

¿Hacia dónde vamos?

Como en los platos de comida de las cartas de los restaurantes chinos, cada una de estas descripciones clasificatorias del DSM tiene un número. Así, el retraso mental leve es un F70.9, el trastorno de la lectura es un F81.0, el tartamudeo es un F98.5, el trastorno negativista desafiante es un F91.3, el trastorno de ansiedad por separación es un F93.0, la dependencia a la nicotina es un F17.2x, el deseo sexual hipoactivo F52.0, las pesadillas son un F51.9, la simulación es un Z91.1, los problemas religiosos o espirituales son un Z71.8, los trastornos del estado de ánimo no especificado un F39, fingir un trastorno F68.1, los problemas paternofiliales son Z63.8, los problemas conyugales Z63.0, los de relación entre hermanos los F93.3. Todos estos trastornos tienen tratamiento cognitivo conductual y especialmente medicamentoso. Antes de discutir con sus familiares, entrar en crisis religiosa, que se le note un tartamudeo o inapetencia sexual, será mejor que se lo piense, porque corre el riesgo de que alguien con la Biblia DSM en mano esté presto a diagnosticarlo, tratarlo y medicarlo. Y si viviera en USA y se resistiera a que su hijo fuera drogado con metilfenidato podría ser privado de la tutela de sus hijos. Hay jurisprudencia al respecto. Corremos el riesgo de estar alcanzando Un Mundo Feliz tal como lo predijera Aldous Huxley.

El malestar del ser humano es señal de alarma de su psiquismo de que hay algo de lo emocional que debe afrontar y resolver y que se manifiesta como ansiedad, angustia y estrés, en sus diferentes denominaciones, y que es lo que provoca la disminución de la presencia activa de serotonina que es un regulador de una extensa gama de funciones psíquicas y orgánicas que influye en el sueño, en los estados de ánimo, las emociones, los estados depresivos, todo tipo de desequilibrios mentales, el funcionamiento vascular, el de las vísceras y los músculos, la frecuencia del latido cardíaco y regula la secreción de hormonas, por ejemplo la del crecimiento. La propuesta del psicoanálisis es dirigirse a las causas de la ansiedad, angustia o estrés, lo cual permite que puedan volver a restablecerse niveles normales de presencia activa de serotonina. Intentar resolverlo recetando ISRS (Inhibidores selectivos de los receptores de serotonina) es como intentar eliminar el miedo con un inhibidor de adrenalina, una auténtica locura. El diagnóstico del TDAH y medicar esta inventada enfermedad con Ritalin, Rubifen, Concerta, Strattera, Medikinet o antidepresivos es también una auténtica locura. EL DSM es el Manual de instrucciones de los locos que nos gobiernan.

¿Cómo ofrecer resistencia a tan poderosa ofensiva, destinada a destruir nuestra subjetividad, desencadenada por los dueños del mundo? Las técnicas de evaluación pretenden transformarnos y diluirnos en un número en la estadística, diagnosticarnos con un número de los del DSM-IV, colocarnos bajo el poder de las neurociencias, la psiquiatría oficial y las TCC y someternos mediante sus drogas: el soma de Un Mundo Feliz de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell. Domesticarnos como a animales para así devolvernos a esta servidumbre de la gleba, en la que están intentando transformar el mercado de trabajo y arrojarnos a un pasivo papel de consumidores.

El DSM refleja el intento, más universal que haya existido, de ataque a la subjetividad y de intromisión totalitaria en la vida de los individuos pretendiendo someternos genérica, universal y colectivamente a la condición de trastornados, destinados a tratamientos cognitivos-conductuales y medicación, por cuenta de la autoridad de los burócratas del estado, con derecho para intervenir, incluso coercitivamente, en nuestra intimidad. Es parte de un proceso de transformación totalitaria de las sociedades democráticas instrumentadas por la industria farmacéutica a través de funcionarios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las agencias nacionales de medicamentos, una parte del colectivo médico, psiquiatras y docentes.

La medicalización de la vida es un problema político de primer orden que requiere respuesta política. El gobierno no es el poder. Independientemente de los gobiernos de turno, el poder está en manos del neoliberalismo, una concepción economicista para la cual no hay sociedades, ni naciones, ni pueblos, ni tradiciones, ni culturas, ni humanidad, ni sujeto. Sólo existe el mercado, y para imponer sus “leyes” todos los medios son “lícitos”. Ese neoliberalismo es el que orienta las políticas de la industria farmacéutica. Por eso esta lucha es política, y por eso la salida es política: fortalecer un movimiento ciudadano que pretenda conseguir que los profesionales y la población se conciencien contra la validez del DSM y los intentos de someternos a la pretensión de medicalizar nuestra vida y la de nuestra infancia. En esto hay un psicoanálisis y psicoanalistas que estamos comprometidos con la lucha por la libertad, la democracia, la justicia y los derechos y la dignidad humanas que el neoliberalismo y la sociedad de mercado están poniendo en grave riesgo. Dijo Albert Einstein: “El mundo es un lugar muy peligroso, no tanto por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan pasivamente a ver qué pasa”. Hacia donde vayamos será responsabilidad de cada uno de nosotros.

Juan Pundik Psicoanalista (ELP-AMP) Madrid jpundik@arrakis.es

Publicado en GUIA DOMINICANA (GEDI-I)
  • Manuel naranjo

    Me parece exageradamente antipsiquiatra y con un corte final tendencioso hacia el psicoanálisis. Este bárbaro propone un mundo sin diagnóstico, después de todo el trabajo que nos ha costado a los médicos de los últimos doscientos o trescientos años clasificar y organizar las entidades médicos, creo que es una falta de respeto hasta para el mismo Freud quien fue un gran clínico por encima de sus aportes culturales y literarios.

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