Complejidad y Psicoterapia (Marcelo R. Ceberio)

Marcelo R. Ceberio

http://www.escuelasistemica.com.ar 

El primero de los ensayos de esta sección, muestra un panorama introductorio que coteja las principales conceptualizaciones de las ciencias clásicas con las ciencias modernas. Realidad, verdad, objetividad, certeza, linealidad, son términos cuestionados. Entendiendo que en este último decenio del siglo, estas formulaciones pierden cada vez más su relevancia. 

El autor, delinea el pasaje de una epistemología lineal a las nuevas concepciones cibernéticas y constructivistas, en la cual se encuentra involucrada la psicoterapia sistémica como portavoz de un modelo de conocimiento. 

CIENCIAS MODERNAS, COMPLEJIDAD Y PSICOTERAPIA 

¿Cuál es la epistemología que rige nuestra observación?, tal vez es la pregunta que se pasa por alto cuando interpretamos algún hecho, emitimos un juicio determinado acerca de algo o construimos una hipótesis sobre una situación. 

Es una pregunta autorreferente, que provoca la reflexión sobre nuestro modelo de conocer, que va más allá del conocimiento racional o de los saberes adquiridos. 

Toma relevancia, en tanto y en cuanto la cognición es portadora de diferentes estructuras que se ponen en juego en la experiencia cotidiana.Los patrones familiares, socioculturales, normas, creencias, escala de valores, crean un almacén de significaciones que impregna la observación, recortando un mapa de la realidad y poblando de subjetivismo, las hipótesis que de ella se construyen. 

Pero este pequeño prólogo, no es precisamente patrimonio de un pensamiento de las ciencias modernas. Todo lo contrario. Las ciencias clásicas, llamaron a las puertas de la linealidad. Un pensamiento regido por la primera ley de la termodinámica, que implicaba a una relación de causa  y efecto en sentido unidireccional. 

De esta manera, se denomina lineal, cuando una serie de proposiciones no regresan, cerrando un círculo, a su punto de inicio. Esto implica que nunca el resultado va a ejercer sus efectos sobre su propio origen. Por lo tanto, no intervienen procesos de retroalimentación y la secuencia de las causas y efectos no retornan al punto de partida.

Pero este modelo de conocer no sólo se remitió al perímetro científico, sino que se desarrolló en otros ámbitos del conocimiento cotidiano, del hombre común. 

Es el pensamiento que busca denodadamente las cimientes de un determinado acontecimiento, como si dicha búsqueda fuese el pasaporte a la primera verdad. Comprender lo que sucede, no necesariamente implica un trampolín al cambio en lo pragmático. Sin embargo, la mayoría de las personas se amparan en este recurso, continuando el proceso de intentar más de lo mismo, a pesar que en la mayoría de las ocasiones es inefectivo. Pero esta epistemología se ubica en un supra nivel, puesto que los diferentes momentos de la historia estuvieron regidos por diferentes modelos de conocimiento, cuya base era sustentada por la linealidad. 

El hombre en la Grecia Antigua, desde una visión antropocéntrica y organicista, explicaba por ejemplo, los fenómenos de las enfermedades mentales, a través de los humores del cuerpo y de distintas localizaciones en lo que él llamaba soma. 

El Misticismo, fue un período en donde el despotismo del clero postergó los conocimientos científicos alcanzados hasta el momento, para explicar los fenómenos humanos y de la naturaleza atribuyéndoles un significado divino. Discriminó la polaridad de lo bueno y lo malo, tomando como basamento la moral eclesiástica. Un Dios todopoderoso era el creador y todo lo fijado como anormal era una desviación de su obra, por lo tanto debía castigarse. 

Durante todo el período del medioevo, la Iglesia fue el eje del poder y las figuras del clero ocupaban puestos claves en la política, la economía y la cultura en general, certificando así una ideología religiosa que explicaba el hecho observable desde una perspectiva mística. 

El Racionalismo se preguntó, acerca de la posibilidad de conocer el mundo exterior por especulación, raciocinio, o intuición, tal como comúnmente se le atribuye a un artista o a un místico. Los filósofos racionalistas aseveraban que, desde un comienzo, la mente humana dispone de un número de facultades o de principios idénticos en todos los hombres. Para poder llegar al conocimiento, solamente es preciso razonar con estos principios, usando dichas facultades. Si a un matemático por medio del razonamiento, le es factible deducir la matemática a partir de uno o dos axiomas fundamentales -con tal que dicho proceso fuese realizado en forma correcta-, mediante los mismos métodos, el filósofo podría descubrir la verdad acerca del universo. 

Contrapuesta con esta teoría, la posición de los empiristas fue más rigurosa. Si el hombre quisiese conocer el universo, el único procedimiento aceptable es observarlo, adoptando el método científico. 

Estos breves ejemplos, muestran cómo los modelos del conocer humano pautan la epistemología del observador, que a la hora de captar el fenómeno cree estar plenamente convencido de que eso que observa es, en un sentido objetivo. Pero resultaría un reduccionismo, definir a las ciencias clásicas a través de la linealidad, sin tener en cuenta las otras características que también se han formalizado en el conocer cotidiano. 

El método analítico fue el sostén de las investigaciones. Se actuaba con la certeza que la descomposición de las partes llevaría a explicar el todo.

 

 Dicho en otras palabras, apoyaba el principio matemático que señala que el todo es igual a la suma de las partes, con lo cual convocaba a un imperativo de sumatividad en el proceso de conocimiento. De esta manera, si bien se hablaba de sistema, este método tiene poco que ver con la Teoría General de los Sistemas y menos con la Cibernética. 

Todo este proceso, marca una fuerte tendencia a poner énfasis en los componentes individuales en contraposición con el todo. Tendencia, que se traduce en individualismo en el sistema social. Y no hace falta ser demasiado agudo para darse cuenta, cómo las estructuras sociales llevan a que cada ser humano tome partido por sí mismo, sin tener en consideración que es parte componente de un todo esencial: el universo. 

Esta forma de entender y entenderse, inevitablemente crea compartimentos estancos que arrojan como único resultado, el sostén de una homeóstasis que bloquea la dinámica de crecimiento. 

A toda esta construcción se anexa la creencia de la objetividad -léase no involucrarse como sujeto partícipe en la observación-, reafirmando que el juicio o la hipótesis que se obtiene de tal proceso es la verdad. Aseveración, que unida a la certeza de que lo que se observa es la realidad, en una mirada sin ningún tipo de atribución de significado, se obtiene una combinación utópica e ingenua en estos tiempos postmodernos.

Por otra parte, es este mismo modelo de pensamiento, el que señala que las cosas suceden, tal cual fuese el destino que las provoca. Marca el territorio de un observador aséptico, el de un espectador de los sucesos de la vida en donde la realidad es externa a los ojos. 

Desde esta perspectiva, monopolio de las ciencias clásicas y del conocer del hombre común, el lenguaje se concibe como representacional, o sea, que reproduce una imagen del mundo del cual me apropio y lo expreso por medio de la palabra. Mientras que los nuevos modelos de conocimiento indican, que es el lenguaje el que construye realidades en la pragmática (H. Von Foerster. 1994). 

También la práctica terapéutica se vio impregnada históricamente de un tipo de epistemología lineal y monádico, en donde imperaba el principio explicativo. Este era el que regía en las ciencias clásicas, que concebían un universo puramente determinista. 

Este principio no tomaba a la organización como tal, reconocía a las organizaciones pero no el problema de la organización (E. Morín. 1982). 

En síntesis, linealidad, sumatividad, certeza, objetividad, orden y verdad, fueron los bastiones que las ciencias clásicas y -de una manera más rudimentaria- el conocimiento cotidiano, enarbolaron como forma de construir el mundo. 

La Cibernética, la Teoría General de los Sistemas y el Estructuralismo, irrumpen para crear una nueva concepción del ser humano, avanzar sobre la teoría de la organización y construir una teoría acerca de los procesos auto-organizativos, elementales para la supervivencia. 

Desde el siglo XIX, la noción de calor introduce desorden y dispersión en el corazón mismo de la física y la estadística permite asociar azar (a nivel de los individuos) y necesidad (a nivel de las poblaciones). [E. Morín. 1982] 

Fue el comienzo de cuestionar al paradigma imperante. Una nueva epistemología, comenzó a responder los interrogantes que el paradigma vigente indicaba como una anomalía en la forma de conocimiento: 

El principio de la explicación de la ciencia clásica veía en la aparición de una contradicción el signo de un error de pensamiento y suponía que el universo obedecía a la lógica aristotélica. [E. Morín. 1982]. 

La circularidad, propone la alternativa a la unidireccionalidad de la causa y el efecto, para confrontarla: el efecto tiene su efecto sobre la causa. Y este postulado no solamente tiene su originalidad en la esfera investigativa científica, sino que se traslada a los circuitos humanos, creando una pragmática de la comunicación. 

El concepto de feedback, se erige como unidad de interacción que implica a una serie de integrantes involucrados en un sistema. 

Es imposible desentenderse y ver solamente al otro en sus acciones: la interacción da la señal, que estamos inmersos en un circuito como alternativos receptores y emisores de conductas. 

El conocimiento desde esta dimensión, adquiere una posición de mayor compromiso en la enunciación de los juicios, en las descripciones y en las construcciones de hipótesis. 

Es con la Cibernética de 2º orden, con la que se alcanza el punto cúlmine en este postulado. Un observador que pauta, por una parte, con su sola presencia al objeto de estudio y por otra, desde su mapa, recorta y atribuye de significados su percepción. Entonces, la comunicación transita entre interacciones y cogniciones de las interacciones, que se influencian recursivamente. En este sentido, es imposible, como señala Ronald Laing (1961), hablar de datos. 

Aquello que la ciencia empírica denomina datos, para ser más honestos deberíamos llamarlos captos, ya que en un sentido muy real son seleccionados arbitrariamente por la índole de las hipótesis ya formadas. (Citado por G. Spencer Brown. 1973). Dato, significa lo que es dado y esta definición resulta congruente con una concepción representacional del conocer: el mundo externo ofrece un sinnúmero de datos observables. 

Capto, refiere a lo que es captado por el ojo del observador. Se aplicaría al concepto del conocimiento adaptativo, razón por la cual podríamos captar de ese sinnúmero de elementos, solamente algunos. Pensar en términos de datos, implica creer que nuestro aparato cognitivo tiene la posibilidad de percibir objetivamente y en forma pura, los elementos a describir que ofrece el mundo externo. Las estructuras conceptuales solamente le permiten al percibiente captar algunas de esas características del fenómeno, de acuerdo al modelo epistemológico con que se construya. Mientras que el resto, aparece como puntos ciegos ante los ojos.

El Constructivismo moderno, reafirma esta epistemología. Desde Giambattista Vico e Immanuel Kant, hasta Heinz Von Foerster o Ernest Von Glasersfeld, transita un modelo de conocimiento que da cuenta de la autorreferencialidad en la observación. 

Hablar sobre el objeto que se investiga, revela el modelo de conocer del descriptor. De lo que se infiere que no existe una realidad externa, sino que somos los constructores de ella. Es necesario entonces, conocer el modelo del perceptor, aunque su propia construcción da cuenta de su epistemología. 

Estas nuevas reflexiones, son la puerta de entrada al planteo de las ciencias modernas. 

Solamente es posible emitir un juicio, en términos de primera persona. La subjetividad, recupera un lugar de valorización, cuando ha sufrido la denigración en el mundo científico clásico, donde la objetividad era asociada con seriedad y coherencia investigativa. Lejos está esta utopía, como lejos también creer que la suma de las partes nos lleva a la comprensión del todo. Partir de la totalidad, es el principio que las ciencias modernas sostiene, para comprender de una manera holística los fenómenos del mundo. 

Un todo articulado de partes que interaccionan de manera complementaria, que colaboran para la creación del todo articulado. El subjetivismo por lo tanto, implica afrontar las contradicciones, entendiéndolas como diferentes puntos de vista acerca del mismo objeto de estudio (una partícula se manifiesta algunas veces en forma de onda y otras como corpúsculo, por ejemplo). 

Tanto la antropología como la sociología, deben tomar conciencia de su determinación etnosociocéntrica que impregna tanto a la concepción de una cultura, a la sociedad y al hombre en sí mismo. 

¿Cómo puede un antropólogo como portavoz de su cultura, juzgar una cultura como primitiva o arcaica? 

Esta relativización epistemológica, imprime un dejo de humildad frente a  la soberbia de la adquisición de conocimientos. Se abandona el absolutismo de la certeza y las preguntas autorreferenciales acerca de ¿quién soy? y ¿dónde estoy?, introducen al contexto como matriz de significados y posibilitan situar al hombre en el sistema de creencias al cual pertenece. Incluyendo al observador en la observación y al concepto en su concepción, se redefine y transforma la perspectiva de la construcción de la realidad. La observación sobre el fenómeno, contempla la autocrítica y la autorreflexión del observador. 

Podríamos decir que la aparición de esta nueva epistemología, aporta un touché de incertidumbre e inseguridad a las operaciones científicas, pero a la vez proporciona una dosis de mayor compromiso para asumir la propia construcción. 

Pensar en términos sistémicos, también sugiere abandonar la casualidad de aparición de ciertos acontecimientos, para entenderlos mediante una causalidad de orden superior. Cada uno de los hechos del universo, contribuye al equilibrio del ecosistema. Un hecho casual obedece a la esfera de lo fortuito e imprevisible. Desde un nivel lógico inferior, es factible hablar en estos términos: existen hechos que se constituyen en eventos para la persona, fuera del cálculo de posibilidades de aparición, tildados como casuales. Pero en un orden lógico superior, en donde operan mecanismos correctores (negentrópicos), estos hechos adquieren una reinterpretación, encontrando un por qué circular que construye o colabora con la homeodinamia del sistema. Parece ser, entonces, más apropiado hablar de causalidad. Este planteo desarrollado en las ciencias humanas, toma cuerpo en el campo de la psicoterapia sistémica. La terapia familiar, de pareja, individual, de grupos e instituciones, constituyen el campo de su desarrollo, poniendo en juego el análisis del todo en cambio de la fragmentación reduccionista de las partes. De esta manera, uno de los primeros resultados de investigaciones del grupo pionero de Palo Alto, fue concebir al síntoma desde una perspectiva que lleve a la abolición de la teoría que lo define como la expresión de traumas del pasado. 

El síntoma cobra sentido, en función del contexto donde se desenvuelve. 

El contexto como cuna de significación, es el que otorga sentido a una conducta anómala que puede entenderse como coherente de acuerdo a las interacciones que en su seno se desarrollen. Esto permite realizar un pasaje de niveles lógicos, que a su vez están interconectados. Si una conducta bizarra adquiere cierto sentido en el ámbito familiar – como microsistema-, este mismo fenómeno llevado al campo social –como macrosistema- resulta también un indicador del funcionamiento de la sociedad en relación al equilibrio. El tránsito por esta epistemología, implica el interjuego entre los componentes individuales y los interaccionales, o sea, entre pautas cognitivas y cibernéticas. 

De esta manera, el rótulo con que se señala al miembro sintomático, pierde sentido si se toma como la manifestación de un sistema patológico y patologizante. Esquizofrenia, drogadicción, anorexia, etc., por mencionar algunos diagnósticos, tienden a encasillar a la persona en miras a despejar el interjuego de los otros miembros implicados. Resulta más sencillo para los miembros de una familia, depositar la enfermedad del grupo en uno de sus miembros y señalarlo como enfermo. Pero no sólo esto, sino también que el denunciante recibe la segregación del grupo. 

Por otra parte, un diagnóstico que no permita elaborar estrategias y quede fijado en la etiqueta, constituye en un efecto dormitivo y porque no colaborativo de la marginación.

Un modelo ecosistémico, también es un atrevimiento a denunciar a los marginantes. Es implicar a un sistema que a través de su comunicación y de sus intentos fracasados de solución, sostiene el emergente sintomático. Es también contemplar elementos bioquímicos e individuales, insertándolos en el todo. Ni siquiera se trata de polarizar entre víctimas y victimarios, sino entender que todos se encuentran a merced del despotismo de un juego del que todos participan. Isomórficamente, el macrosistema establece las misma normas de dicho juego. Toda sociedad posee una franja de población que pertenece al sector marginal, compuesto por los elementos que no entran en la media esperable. Son los que subvierten el orden y la coherencia social, por lo tanto, es necesario acudir a mecanismos segregacionistas -correctores y negentrópicos- con la finalidad de mantener el equilibrio. De la misma manera, que la familia traza la diferencia entre el enfermo y los sanos, la sociedad desarrolla el mismo proceso. Pero desde la óptica sistémica –óptica de la complejidad-, los marginados y rotulados son los que posibilitan a los sanos instalarse en esta posición. O sea, esta franja es la que habilita un equilibrio social en donde el sistema crea aquello mismo que segrega. Entender que problemas como la locura o cualquier disfunción sintomática, nos involucra a todos como integrantes de esta sociedad, es entender que somos partícipes de una homeodinamia universal y que desde nuestro lugar colaboramos o entorpecemos dicho funcionamiento. 

Conocer, en estos términos, es patrimonio de una minoría. Quiere decir que el posible paradigma sistémico, impregna la lente epistemológica de unos pocos y todavía la preeminencia de la linealidad es la epistemología que subyace en nuestro tiempo. 

Tal vez, debemos aceptar que en los umbrales del siglo XXI, vivimos una transición del paradigma de conocimiento y que todavía las personas transitan en el individualismo, tal como si sus acciones no se hallaran interconectadas y fuesen independientes. 

La dimensión del conocimiento moderno, concibe a la relación terapéutica como un espacio de aprendizaje, con todo lo que el término implica. Un lugar donde se introduce información nueva y se reencuadran las ópticas del dolor humano. Donde se co-construyen nuevos significados sobre la percepción del problema, o síntoma o como desee llamarse. Donde la relación se entiende como dialéctica entre terapeuta y paciente. 

Una psicoterapia centrada en la resolución de problemas. Activa y participativa por parte del profesional. Que aborta intentos de solución fracasados y que coloca su creatividad, al servicio de inventar acciones y significados nuevos. Pero también, un espacio donde se enseñe a pensar y conocer desde una perspectiva circular. Que implique responsabilizarse de las propias construcciones y que introduzca la noción de respeto, sobre los puntos de vista de los otros. Una psicoterapia que difunda que no existen verdades absolutas y que la realidad es una particular construcción de cada ser humano. 

Parece ser, entonces, que estos ingredientes más que componer una filosofía de la psicoterapia, se acercan a la constitución de un modelo de conocimiento, que nos lleve a preguntarnos: ¿cuál es la epistemología que rige nuestra observación? 

Con lo cuál, hemos llegado al punto de partida.

 

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Publicado en Psicología y Psiquiatría

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